Vuelva usted Mañana

La energía de los vientos y del sol

Un poco cansado y ya de vuelta de tópicos, lugares comunes, personajes funestos, promesas hueras, verdades a medias, pura hipocresía y demagogia, hacía bastante tiempo que no me impactaba un discurso político como el que pronunció ayer en la Plaza del Castillo en Praga el nuevo presidente de los Estados Unidos Barak Hussein Obama.

El anterior mandatario de la Casa Blanca, alguien a olvidar para siempre, nos había inspirado escepticismo, horror, vergüenza ajena, siempre al lado de los cuatro mangantes que controlan el mundo, siempre en contra de los pueblos maltratados por el hambre y la injusticia. Siempre bombardeando a los pobres. El cambio se estaba pidiendo a gritos. Y en eso llegó Obama.

Pude ver en directo el discurso y me gustó que, delante de más de treinta mil ciudadanos entusiastas y entusiasmados, hiciera un canto a la libertad rememorando el espíritu de los checos que vivieron la “Primavera de Praga” del 68, aquella rebelión valiente y pacífica que fue reprimida brutalmente, a sangre y fuego, por los tanques de la dictadura comunista. Me encantó la forma en que sintetizó una realidad sobre la que pensamos poco: la guerra fría terminó incruentamente, sí, pero nos dejó como legado un inmenso arsenal atómico producido en aquellos años que continúa ahí, ahora con más peligro que antes porque hay más bombas atómicas que nunca. Me entusiasmó el lenguaje fresco, directo, sin eufemismos, de Obama: su deseo manifestado de reconocer a Irán su derecho a producir su propia energía nuclear, aún considerando peligroso para la comunidad internacional el programa que realiza; el toque de atención a los belicosos coreanos, la propuesta de una cumbre contra la proliferación del armamento atómico; su empeño decidido en evitar a toda costa que esas armas puedan caer en manos de AlQaeda y sus secuaces, que ya han amenazado con usarlas en cuanto dispongan de ellas. Obama sabe muy bien, y lo dice para que todos seamos conscientes, que en los momentos presentes “ha aumentado el riesgo de un ataque nuclear que podría reducir a cenizas a cualquier capital del mundo.”

No estamos acostumbrados, al menos yo no lo estoy, a este tipo de mensajes tan directos, tan sencillos, tan convincentes, carentes de estúpidos convencionalismos, que cobran auténtica dimensión universal cuando quien los pronuncia es el presidente de la nación más poderosa del mundo, un dirigente que, rompiendo el tono soberbio, prepotente, agresivo, de su antecesor, se muestra conciliador y con la mano tendida hacia el consenso y hacia la necesidad de que todos vivamos en paz. Viene a Europa y propone que, entre todos, se salve la espantosa crisis financiera y económica que padecemos. No se postula como único hacedor de soluciones mundiales, como hacía el otro presidente.

Me gusta que el nuevo inquilino de la Casa Blanca sea un hombre con espíritu de paz y no de guerra. Me agradó mucho que, por fin, alguien con tanto poder como él se situara al lado de quienes creemos que nos estamos cargando el planeta. Los checos aplaudieron los deseos de Obama para frenar el cambio climático, esa preocupante amenaza a corto plazo, que estamos generando los ciudadanos del primer mundo con nuestros malos humos, nuestras basuras industriales y nuestros excesos y egoísmos.

Me gusta su estilo. Este hombre negro, que es la esperanza blanca, insiste en que las nuevas energías debemos obtenerlas de los vientos y del sol. 

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de Gütemberg a Obama
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