Muy tempranito, en ese último entresueño calentito que tanto nos gusta, la hermana radio nos dice que un joven de veinte años ha apuñalado a su perro. ¿Será posible tanta mala sangre? La noticia me quita el sueño de golpe. Muevo el dial. No quiero saber más datos. Estoy horrorizado. Es una información que me produce sentimientos encontrados, a favor del pobre animal y en contra de esa bestia salvaje que se hace pasar por persona. Quizá este sádico quiere protagonismo, pero yo no se lo pienso dar. No me interesa saber quién es. Me basta con saber cómo es.
En la España de mi infancia la vida de un perro valía igual que la de un rojo. Los perros eran callejeros y recibían un trato acorde con la educación reinante: a patadas. Y a los rojos, claro, se les consideraba perros.
Creo que la Democracia en España ha hecho mucho a favor, no solo de los ciudadanos, sino también de los animales. Se protegen las especies, se condenan los malos tratos, se cuidan las condiciones –aunque no siempre- de los parques zoológicos, que ahora son abiertos, sin rejas, y se les da consideración. La que antes no tenían.
Veo en los atardeceres a jubilados paseando cariñosamente a sus perros. Algunas de estas personas a lo peor no habían prodigado en toda su vida, posiblemente una vida dura, ni una sola muestra de ternura, pero ahora se les ve, amorosos, pendientes de que su animalito defeque o mee a gusto. Incluso, los más civilizados, recogen la caquita en lugar de dejar pringadas las aceras. En absoluto quiero decir que por amar a los animales se tenga ya derecho al carnet de buena persona. Me permito recordar que un tipo llamado Adolf Hitler tenía perros y jugaba con ellos y los protegía y los mimaba.
Y hay una frase que se aplica con frecuencia para explicar la maldad humana: “cuanto más conozco a los hombres más amo a mi perro”. Por cierto, la frase es atribuída a un montón de gente: Diógenes, Lord Byron, Schopenhauer… Es igual. La frase suena bien, pero tampoco debemos pensar que el hombre es malo por naturaleza. Yo no lo creo, aunque tampoco creo lo contrario: que por naturaleza sea bueno… y no por el hecho de que de todo hay en la viña del Señor, sino más bien porque el ser humano es contradictorio en su comportamiento y las que mandan son las circunstancias.
Conocer a un perro es quererlo. Mirarlo a los ojos, percibir gratitud, alegría o dolor en su mirada es un ejercicio sentimental altamente gratificante, aunque siempre la fidelidad absoluta la pondrá el animal por cuanto en la relación, en lugar de un único vínculo amistoso, existen dos categorías bien definidas: la de perro y la de amo.
Qué recuerdos aquellos de la niñez cuando mis amigos y yo jugábamos al fútbol en el Pasaje Cerni, en Ceuta, la ciudad donde nací, y el perro de la anciana señora Isabel formaba parte de una de las alineaciones. Aquel perrito se llamaba –curioso, ¿no?- Julián, era negro y sabía perfectamente hacia qué portería había que conducir la pelota, con independencia del equipo en que se alineara. Nos criamos con él y vimos cómo se hacía viejo y le salían canas. Julián tenía sicología con las personas y la aplicaba especialmente a dos agentes de la Policía Armada que vivían en una pensión del pasaje, por donde pasaban dos veces al día. Fíjense qué curioso: cuando los policías iban de uniforme portando pistolas, nuestro héroe se ponía nervioso, se mostraba como asustado, temeroso, y les ladraba con vehemencia, pero cuando pasaban de paisano, desarmados, los ignoraba olímpica y pacíficamente. Increible pero rigurosamente cierto. En una ocasión vinieron los laceros y se lo llevaron a la perrera municipal, distante varios kilómetros de nuestro pasaje. Los niños del barrio nos sentimos muy tristes. Al dia siguiente se escapó y regresó, atravesando toda la ciudad. Fue una fiesta. ¿Cómo se orientó, nos preguntábamos, si nunca había traspasado un área de cincuenta metros a la redonda? De nuevo regresaron los laceros y otra vez se lo llevaron. ¡Y otra vez se escapó y regresó! Prodigioso. ¡Qué festival de caricias y besos al animal! Pero hubo una tercera vez, que fue definitiva. Y como nadie pagaba el canon que había que pagar y como no le ponían bozal, y además los laceros estaban ya mosqueados, nunca más volvimos a ver a Julián.
A mis amigos y a mi nos quedó para siempre un maravilloso recuerdo infantil.
Excelente artículo. No sea como el calamar, que le cueste soltar la tinta. Prodíguese, hombre.