Vuelva usted Mañana

Incidente indecente

Ocurrió a la salida de caja en un hiper. Matrimonio joven, ella con chilaba y pañuelo en la cabeza, él a la europea con ropa elegante, y, cogidito de la ropa de su madre, un niño pequeño de unos cinco años. Se les ve felices mientras se afanan en meter en bolsas de plástico las compras que acaban de efectuar.

Aparece a babor un fornido e intemperante vigilante de la empresa y le dice a la mujer árabe que tiene que pasar por el arco de detección. Pero no se lo pide con corrección ni por favor. Se lo exige ásperamente. El joven marido se interpone entre su mujer y el ordenante y le advierte a éste que ella no tiene nada que ocultar. El seudo policía, impertinente y mal educado, insiste. La mujer, sin apenas elevar la mirada, cruza el arco pero éste no produce sonido alguno a su paso. Entonces, el prepotente empleado, más alto y más fuerte, se encara con el joven árabe y le obliga a que ahora sea él quien se someta a la detección. Se enoja el hombre y empieza a protestar en voz alta.

El vigilante, con la cara ya desencajada y con palabras gruesas, lo fuerza a pasar por el detector que tampoco esta vez emite pitido alguno. Se produce un silencio de varios segundos. Queda en evidencia, entonces, que ni el hombre ni la mujer llevan nada oculto. El niño asiste aterrorizado al esperpento. El vigilante, desconcertado, convierte su gesto de ira en una sonrisa falsa y nerviosa y le pregunta al cajero: ¿No es esta la caja catorce? No, no es la catorce, le responde el empleado. Esta es la caja trece. Se ha producido un lamentable error, pero aquí no ha pasado nada. Aparece en escena una patinadora del hiper que, contagiada de la actitud del causante del incidente, sonríe estúpidamente ante lo que debe antojársele una escena cómica.

El joven árabe grita su inocencia y clama al cielo por el mal trato recibido, pero los empleados no le hacen ni el más mínimo caso. Aclara en perfecto castellano, y con fuertes voces, que ni él ni su familia son ladrones y exhibe con gran gesticulación sus documentos y sus tarjetas de crédito. El culpable de todo lo ignora, da la vuelta y, manteniendo su sonrisa forzada, se aleja. Un cliente, que tengo delante, susurra con otras personas en medio de cómplices sonrisas.

El espectáculo me pilla en quinta fila. No me pueden oír, pero estoy protestando por el acto de xenofobia al que asisto sin poder hacer nada. Otros clientes expresan su indignación como lo hago yo, también inútilmente. La pareja paga su compra y se marcha con el disgusto reflejado en sus rostros y con el crío agarrado fuertemente a la mano de la madre. Seguramente piensan que no les merece la pena denunciar a los empleados ante la empresa. Quizá han comprendido que es preferible largarse antes de que los humillen todavía más.

Llega mi turno de caja y le recrimino al cajero su actitud consentidora y la actitud agresiva del vigilante, que ha desaparecido rápidamente. Les hago ver que su actuación me parece racista, porque han maltratado verbalmente a dos personas sin ningún motivo, porque las han humillado, porque han hecho sufrir a un niño inocente. Pero, sobre todo, porque no han reconocido el error ni le han pedido disculpas. Ni la más mínima excusa. Y todo porque son árabes, quizá emigrantes, o simplemente turistas, pero árabes. O, dicho como se dice despectivamente, moros. Malos gestos y desprecio. Sólo eso.

El cajero se limita a justificarse una y otra vez alegando que él sólo hace su trabajo, mientras la patinadora me replica muy segura de sí misma que “lo que hacen ellos con nosotros es peor”. No entiendo, le digo airadamente, qué quiere decir eso. ¿Qué nos hacen ellos? Pero la chica sobre patines mantiene la firmeza de su frase. Pese al griterío, no aparece ningún jefe responsable. Hay mucho trabajo.

En realidad, sé porqué me indigno, pero no sé porqué me extraño. No es la primera vez ni la segunda ni la enésima. El virus del desprecio étnico sigue ahí, evidente, a la luz del día. Ocurre en demasiados lugares, incluso ha llegado a ocurrir en instituciones donde se predica y se legisla sobre la libertad, la convivencia, la solidaridad y la igualdad de los seres humanos.

Pago mi compra y abandono asqueado el hiper.

Una respuesta to “Incidente indecente”

  1. caberna dice:

    Comparto totalmente tu desesperación en la caja al ver lo ocurrido; sobre todo lo peor, el que nadie asuma el error cometido y pida excusas a los agraviados. Y mi pregunta siempre será la misma: ¿hasta cuándo vamos a seguir así? Y no me sirven esas justificaciones como la de la chica de tu relato (“peor es lo que hacen con nosotros”) ni que puedan ocurrir casos horribles en Marruecos con viajeros que sufren vejaciones de todo tipo… ¡Claro que en todas partes hay sujetos desaprensivos! Pero eso no nos da justificación ninguna para que nosotros lo seamos también comentiendo injusticias con personas inocentes como las de tu relato.
    En fin, al menos hacemos bien en denunciar estos hechos donde quiera que podamos hacerlo.
    Un saludo y gracias por la entrada.

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