Seguimos la moda porque somos cómodos, pero también porque somos estúpidos. Reconozcámoslo.
La moda puede ser un negocio, una norma de comportamiento o, si se convierte en actitud, una idiotez, una solemne idiotez; cada día podemos verlo, en nosotros mismos y, sobre todo, en los demás. Para vestir, adoptamos una decisión cómoda: dejarnos llevar. Para diario, vaqueros; para fin de semana, chandal. Somos un inmenso ejército uniformado por los vaqueros, moda importada, porque los anglosajones adoran los uniformes. Se uniforman para reuniones sociales, para ir de merienda al campo, para asistir a una convención de empresas, para las grandes fiestas, para estar en casa. Nosotros, más exquisitos, sólo hemos incorporado lo más hortera y lo más distinguido. Nos gusta el smoking para el fin de año. Los trajes de confección, todos iguales, personalizan a nuestros ejecutivos. Los calzoncillos, también.
Las revistas del corazón, o sea, todas las revistas, aconsejan semanalmente lo que se lleva y lo que no se lleva, incluyendo en sus consejos desde una prenda a un tatuaje, desde una pulsera hasta un coche. Son, ellas, las revistas, el evangelio escrito de la moda; hasta ellas mismas están, unas veces sí y otras no, a la moda.
De nuestra falta de criterio personal se aprovechan no sólo los grandes almacenes, que hacen con nosotros auténticos encajes de bolillo, sino también los pequeños almacenes, los insignificantes almacenes y hasta los vendedores de los rastros. Nos colocan el producto con una facilidad pasmosa, y nosotros, adquiriendo la mercancía, que está de moda, agradecemos que estén a mano justo cuando los necesitamos. Y todos contentos.
Pero la moda no es sólo vestir todos iguales. Es también, por ejemplo, hablar todos iguales… todos iguales de mal, naturalmente. Aquí, la iniciativa la marcan los locutores de la televisión y los políticos, especies ambas que andan compitiendo entre ellos a ver quién le da más patadas al diccionario. Una vez que se han fijado los términos, las frases, ya sólo es cuestión de que todo el mundo las diga. Así, el concejal de provincias puede decir a nivel de o en base a, porque lo han escuchado a sus jefes de filas o, incluso, a famosos presentadores televisivos.
Si alguien impone una moda en la programación de la tele, de la radio, el mimetismo reflejará el invento por doquier. Un día, alguien inventó la tertulia radiofónica; hoy, la tertulia no sólo está de moda, sino que, desde las ondas de cualquier emisora perdida en el último pueblo de la geografía patria, salen sentenciosas las voces de doctos charlistas que nos ilustran y nos aconsejan. En la tele, ídem de lo mismo. Alguien puso en marcha un programa basura. Hoy, todas las televisiones están impregnadas de esa mierda.
Y ¿qué decir de las costumbres de moda? ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Si el restaurante no está congestionado, saturado, si no hay que esperar media horita para comer, no nos parecerá bueno porque no está de moda. Si para ver una película no hay que hacer cola, porque no está de moda, entonces no es buena película, aunque, cuando salgamos de ver una que está de moda despotriquemos y aseguremos que no era para tanto. Y si el libro no está en lo alto de la lista de ventas, entonces no es buen libro porque no está de moda, y en tal caso no merece la pena leerlo, no sea que, luego, en la reunión en el sitio de moda, no sepamos hablar de libros de moda.
Los especialistas en dictar las modas tienen, a veces, problemas para cambiar los ciclos en la atención popular. He oído decir a uno de ellos: A ese bar ya no va nadie, porque siempre está lleno.
Espero que no se ponga de moda escribir columnas criticando las modas.
(Artículo número 30, correspondiente a mi libro “Una España de Cine”, publicado en forma de columnas con títulos de películas, en “Diario 16” con motivo del Centenario del Cine en España, 1996, que, según veo, sigue siendo de actualidad)