Vuelva usted Mañana

Hoy, 14 de abril

Nunca me han gustado los reyes, excepto el que tenemos, porque casi todos ellos han arrebatado en exclusiva los brillos de la historia a costa de pueblos humillados, sin tierras, muertos de hambre y sacrificados impíamente en guerras familiares de ambiciones dinásticas, en matanzas bajo el signo de la cruz y en invasiones imperialistas. Monarcas, reyes, soberanos, papas, emperadores, absolutistas, tiranos, caudillos, dictadores, forjaron a lo largo de los siglos, y en todas las latitudes, una guardia de corps, una corte de aduladores, un círculo de paniaguados y mandones y, a su alrededor, ejércitos de fidelidad perruna, herramientas indispensables para mantener a distancia y someter totalmente al pueblo hasta convertirlo en vasallos y súbditos sin derechos, sin libertades, sin voz y sin voto.

Luego explico, aunque no haría falta, porqué excluyo al actual Rey de esta nómina histórica de déspotas que, mayoritariamente, y con algunas excepciones, que las hay, frenó y retrasó el progreso y el desarrollo de las civilizaciones y del ser humano. La historia reciente nos dice que el impulso económico, el bienestar, el principio de igualdad de oportunidades, los grandes logros sociales, pero, especialísimamente la libertad (porque es el mecanismo clave de toda mejora) no se han ido logrando hasta que los pueblos han entrado a participar directamente en la gestión política; en una palabra, hasta que la democracia –sin apellidos, sin vestigios o fórmulas totalitarias de ningún color- ha sido el sistema menos injusto elegido para gobernarse por sí mismos. No es perfecta la democracia, tiene sus inconvenientes y sus diversas fórmulas para practicarse. Sin embargo, te permite, simplemente votando en las urnas, cambiar a los dirigentes cada cuatro años, enviarlos a casa si ves que no funcionan. Churchill, proclive a las citas, decía que “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás..”

España es el ejemplo más elocuente del cambio espectacular de un pueblo que salta de las dictaduras a la democracia. En poco más de treinta años, de ser un país escoria en una Europa floreciente –los que viajábamos lo comprobábamos en todos los sentidos- pasamos a ser una nación reconocida en todos los foros, con potente presencia diplomática internacional, con un nivel de vida y una economía como nunca antes llegó a tener –crisis económica aparte-, con mejoras incuestionables, y bien reconocidas mundialmente, en investigaciones sanitarias e industriales y hasta con triunfos deportivos de resonancia universal.

Lo lastimoso, lo frustrante para nosotros, fue el ciclo de parálisis y retroceso de casi cuarenta años que separaron el final sangriento y dilatado de aquella ilusión y aquel sentimiento popular llamado II República hasta la muerte del más culpable y aprovechado de sus liquidadores. Los hombres y mujeres de la Transición se encargarían de forjar un sistema, de crear una Constitución, de dar por amortizada las dos opciones antagonistas del pasado, y de iniciar un ciclo histórico que, a la vista está –dejemos la crisis como problema mundial del que si salimos adelante es porque hemos logrado pertenecer al club de los que pueden hacerlo- ha producido excelentes resultados.

Hoy, 14 de abril, se cumplen ochenta años de aquel soplo de esperanza estallado espontáneamente desde las esencias del pueblo español y que apenas tuvo tiempo de convertirse en la democracia tantos siglos esperada. Una guerra que todavía provoca, aunque cada vez menos, resentimientos y malos recuerdos en los dos bandos que cogieron su fusil, dejó atrás muerte, odio y destrucción. Y, aunque la II República mantiene en el tiempo un aura de romanticismo y de idealización, potenciada por la literatura y el cine, lo cierto es que fueron unos tiempos horribles para la inmensa mayoría de los españoles, aplastados por los señoritos, por el ejército y por dictaduras y reinados malhadados y arrastrando miserias y recuerdos recientes de desastres bélicos en Africa y de pérdidas de las colonias ultramarinas. Sólo había un referente histórico ilusionante: la promulgación de la Pepa en 1812, en la Cádiz rebelde y ejemplar. Sólo un recuerdo efímero de dos años de difícil vigencia. Pero la alegría de la II República, cuentan, sólo duró unos dias. El contraataque letal se larvó con rapidez y atacó con saña. Y aquella alegría fue zancadilleada, torpedeada y maltratada hasta ser convertida en el sufrimiento de tres años de lucha cainita.

Por todo ello, hablar de la República, del posible advenimiento de la Tercera República, ha sido, durante las últimas décadas, un tema tabú, un pacto no escrito de silencio de los grandes partidos, una especie de temor colectivo casi ancestral, pero no debería ser así. Nuestra actual Constitución recoge los derechos y libertades que se propugnaron entonces y ya está lo suficientemente rodada y experimentada como para encajar con precisión su mejor diseño de rumbo futuro.

Estoy convencido de que quienes colaboran más, sin pretenderlo quizá, en frenar una idea más generalizada y mas deseable de la República, son los militantes acérrimos de esta forma de gobierno, porque utilizan los símbolos como armas de ataque, de revancha, de reivindicación, de vuelta a la confrontación dialéctica Y creo, modestamente, que si se mantiene el recuerdo tan hermoso del estallido popular de la II República es porque se nos muestra como el camino más libre y representativo para todo (o casi todo) el pueblo y como el más idóneo para albergar, en paz y en las urnas, todas las ideologías y todas las opiniones, sin excepciones y sin límites. Debería hablarse más, y con más sentido, de una República nueva para una España futura. Hoy, por fortuna, nuestro país no es el país de los años 30. Por eso tendríamos que ser más modernos, más abiertos.

No me gustan los reyes, excepto este Rey. He explicado porqué no me gustan los otros. Y ahora digo porqué si me gusta éste. Me gusta porque, con su decidida actuación de una noche (23 F), creo que justificó todo su reinado, además de haber sido el símbolo de unión en años en los que ha sido absolutamente necesario. Pienso que representa en el exterior una buena imagen de nuestro país. En lo personal, también me cae bien. He tenido oportunidad de dialogar con él en cuatro ó cinco ocasiones –algunas de esas conversaciones las reproduzco en mi último libro “De Gütenberga Obama” (Ed. Canales 7)- y puedo afirmar que es una persona jovial, amable, sencilla, con sentido del humor y cercana. Y preocupada por su país. Y pienso que, por sus méritos indudables y su aportación a la creación de una España muy distinta a aquella de la que él procede, le debemos un reconocimiento nacional. En el bien entendido de que sería un reconocimiento personal y no hereditario.

Me complace leer artículos como el de Ramón Lobo, y otros compañeros, sobre los ochenta años de la II República. No habría por qué que esperar al centenario.

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