Vuelva usted Mañana

Habla, pueblo, habla

Se acabó el silencio de los corderos, el pueblo recuperó su voz. La democracia quiere ponerse de moda, pero que no cunda el pánico, tranquilos todos, que no hablo de España… Admitimos, sí, que aquí hubo un tiempo transicional en que la participación política popular era práctica habitual, no como ocurre ahora, que la gente, hastiada y decepcionada, se ha alejado del sistema porque éste no le deja jugar. La democracia ha irrumpido por donde debe, por abajo y hacia arriba, vientos de libertad en algunos países árabes, dominados por la tiranía y el fanatismo de una religión que llega a tener como líderes a los propios dictadores. A esa “moda” y a esos territorios sojuzgados me refiero. Como es lógico, hay víctimas mortales, teniendo en cuenta el aparato represor que los sátrapas y tiranos ponen en acción en defensa de sus privilegios, viendo como ven evaporarse su poder omnímodo y terrorífico, sus inmensas riquezas, sus prebendas.

Túnez, la vieja Cartago, ha sido punto de partida de la rebelión de un pueblo cansado de ser pobre y de ser sumiso. Tan harta estaba la gente, tan pocas perspectivas de presente y de futuro tenía ante sí, que una mañana salió a la calle y echó al dictador. Su ejemplarizante estela la siguen ahora los ciudadanos del Egipto de los antiguos faraones y, ojo, si las potencias occidentales o los paniaguados de esos regímenes no detienen la ola, el impulso renovador podría llegar a los países del Golfo o incluso al vecino Marruecos. ¡Qué feliz noticia cruzar el Estrecho y encontrarnos con un país tan libre como el nuestro! El falso dilema de dictadura o terrorismo islámico, pretexto del que se aprovechan los férreos regímenes árabes, ya no cuela. A tan burda coartada se opone el testimonio incuestionable de millones de personas pidiendo libertad en calles y plazas públicas. Nos gustaría que esa ola democrática que emana directamente de los ciudadanos convirtiera la intransigencia en votos y que, a partir de ahí, aumentaran los derechos, libertades y bienestar de sus pueblos. Como ocurrió en España.

Desde la perspectiva de nuestra democracia, pretendidamente asentada, asistimos con expectación e interés, y hasta con cierta nostalgia, a los acontecimientos en esa zona caliente del planeta. Algunos, evocamos, con este motivo, el privilegio histórico que tuvimos de vivir en nuestro país una época convulsa, excitante, ilusionante, en la que nosotros mismos teníamos que decidir nuestro futuro; un tiempo de miedos, esperanzas y libertades, que, aunque no tuvo la mística y la instantaneidad de la incruenta Revolución de los Claveles portuguesa, alimentó entre las gentes la esperanza futura de una España libre y próspera que, efectivamente, alcanzaríamos a disfrutar con la llegada del estado constitucional.

Sin embargo, superadas las tres décadas, la todavía juvenil democracia española, articulada inicialmente con alguna traba obligada, se nos muestra ahora un poco gastada y mustia y las señales que emite no contagian entusiasmo alguno. El hecho de que, desde el principio, empezó a funcionar como una partitocracia, despreciando la participación directa de los ciudadanos, ha ido deteriorando lentamente su propia esencia. No creo que la hegemonía absoluta de los partidos con sus listas electorales cerradas constituya, ni muchísimo menos, el sistema ideal para que la política se enriquezca y se engrandezca con la incorporación de los mejores y más preparados de la sociedad.

Me gustaría, entonces, que también en España se pusiera de moda la democracia. Y que ésta se aggiornara y devolviera al pueblo la facultad participativa total. Que se arbitraran los mecanismos para que las listas fueran abiertas. Que para representar nuestros derechos pudiéramos votar a personas que, acertada o equivocadamente, creyéramos las idóneas y que, por el contrario, pudiéramos obviar a quienes, aún presentándose, consideráramos sencillamente impresentables. Está claro que hoy, tal y como conviene a los partidos, no tenemos más remedio que tragarnos muchos nombres infumables si queremos defender unas siglas en las que creemos. ¿De que nos extrañamos entonces cuando, machaconamente, las encuestas nos dicen que entre las preferencias de los ciudadanos no figuran los políticos?

Cuán lejano deberá sonarles a quienes aspiran a la libertad –los pueblos árabes- el hecho de que la falta de uso atrofia el sistema democrático. Sin embargo, aquí hoy día nos falta oxígeno para recuperar el entusiasmo participativo de los ciudadanos. Cuando la democracia se oxida y se oxidan sus dirigentes quizá es llegado el momento de que el pueblo vuelva a hablar.

Artículo publicado por el diario “La Opinión de Málaga”, domingo, 6 febrero 2011)

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