Haití ha llegado al corazón del planeta. Una ola contagiosa de humanismo, o lo que es igual, sentimientos, caridad y buena voluntad, recorre el mundo de polo a polo en lo que ya puede considerarse como la más grandiosa de las reacciones solidarias jamás producidas. En la historia reciente, otros terremotos, huracanes o inundaciones, en países desfavorecidos, han despertado igualmente compasión y han generado ayuda voluntaria y eficaz, pero nunca como en este caso de Haití la movilización de las gentes y la transmisión de las noticias han llegado tan lejos y tan pronto.
Ha sido la efectividad y eficacia de las nuevas tecnologías la que ha operado el milagro. En Haití, tras el seísmo, quedaron cortadas súbitamente la electricidad, los teléfonos terrestres y las comunicaciones convencionales. Y a partir de ahí, Internet desplegó su red y se convirtió en la única vía de comunicación capaz de divulgar el drama, en tiempo real, en todos los idiomas, y capaz de generar ayuda inmediata. Dice la BBC de Londres que la catástrofe de Puerto Príncipe inundó de mensajes las redes sociales. En los primeros momentos, se colocaron en Facebook 1.500 actualizaciones por minuto con la palabra Haiti. Los grandes diarios de Europa y América se abastecieron de los datos de la tragedia a través de Twitter, en pequeñas y condensadas crónicas de 140 palabras, única manera de transmitir que tenían a su alcance los pocos usuarios de la red que había en la zona asolada, puestos en contacto con familiares del exterior.
Los satélites que orbitan la Tierra advirtieron de la dimensión que alcanzaban los daños del terremoto, y entonces terminó de desplegarse Internet y entró en acción YouTube para captar fondos para Cruz Roja con destino a Haití. Millones de dólares en pocos minutos.
Al mismo tiempo, las inmediatas evidencias gráficas del desastre, las imágenes precisas de zonas ciudadanas de mayor impacto sísmico, la información necesaria para saber cómo ha sido el terremoto y cómo prevenir futuros riesgos, toda esa avalancha de datos fueron proporcionados en tiempo record por la tecnología espacial, otro prodigio de los tiempos al servicio esta vez de la solidaridad y no de las guerras.
Seguramente, todo lo conseguido es poco, muy poco. Hará falta mucha más colaboración, más ayuda sanitaria, víveres, dinero, mucho más corazón, pero es elogiable que la revolucionaria herramienta de la red se haya puesto en pie de guerra para demostrar su auténtica potencialidad y sus impresionantes recursos, tan lejos del desesperante e insustancial uso que dan cada día a las redes sociales las niñas y niños aburridos y las cabezas huecas de imaginación cero.
Es de ley reconocer que la tecnología moderna ha mostrado su cara más humana y eficaz. En este punto debo referirme al señor Munillas, la otra cara de la historia, un obispo de profesión que cobra por ser humilde y que, en cambio, en los instantes de mayor dolor, exhibió soberbia y falta de humanidad al decir que “existen males mayores que la tragedia que padecen los haitianos”, como, por ejemplo, “nuestra pobre situación espiritual”. Y debo referirme también, con rechazo, al resto de la curia que da la razón a este señor y se solidariza con él. Suelen rectificar, pero siempre tarde, como con Galileo. Ya quisiera la Iglesia haber estado a la altura de la Ciencia.