Con seis o siete años, corriendo tras la pelota en el patio de los Agustinos ceutíes, me inoculé unos colores que se me metieron en el corazón y se convirtieron en sentimiento y ahí siguen, y seguirán, por siempre jamás. Dicen que el fútbol es como una religión: en su olimpo habitan dioses, en sus catedrales y santuarios, profetas; sus millones de oficiantes, que conforman la mayor feligresía del mundo, se agrupan en tribus y emprenden cruzadas y hasta guerras en pos de la victoria. Y eso ocurre cuando el sentimiento traspasa la razón y de ser una grandiosa sensación pasa a convertirse en simple y deleznable salvajada. Pasa también en la política. Bueno, en la política pasa más. Y pasa en otras actividades sociales. Pero no importa. No se puede hacer nada contra la llamada de la pasión.
Soy del territorio pacífico del fútbol, tengo mi equipo de toda la vida –por cierto, el mejor equipo del mundo- y amo el juego brillante, inteligente y estético, que antepongo, sin importarme tanto el resultado, al juego rácano, destructivo, ultra defensivo o resultadista, tan importante para quienes carecen de talento creativo. Amo el fútbol bien hecho, aunque lo haga mi rival. Y detesto el anti fútbol, que nunca aplaudiría a los míos.
Estos días estoy siendo muy feliz porque mi equipo ha culminado otra temporada victoriosa, después de exhibir fútbol, humildad y grandeza., que son las antítesis de la prepotencia, el exhibicionismo y la fanfarronería de los millones.
Tengo amigos con camisetas distintas a la mía. Algunos están tristes y rabiosos porque mi equipo los venció dos veces dos años consecutivos. Otros, que son colchoneros, viven en una gloria largamente esperada. Ahí radica el éxito del fútbol. En que la amistad une lo que el delirio separa. Parece mentira pero un sentimiento tan acendrado y poderoso como el del fútbol te puede hundir el ánimo o elevarte al cielo de la felicidad, simplemente porque el balón entre o no entre en la portería rival.
Esta vez, otra vez, mi equipo ha sido el mejor. Lo siento por mis amigos albinos, pero me alegro por quienes comparten mis dos colores y por mí mismo, y porque ha sido un triunfo pleno, con todos los pronunciamientos favorables: modestia, sencillez y el genio de un pibe que está ya en el final de la tesis doctoral para ser el quinto de los dioses históricos del balompié.
Es tan fantástico todo últimamente que corremos el riesgo de olvidar lo dificil que es lo que están consiguiendo estos tipos.
Sin lugar a dudas, los mejores años de la historia del club, y el mister es la revolución más espectacular desde Sacchi en los 90, superando diría yo al holandés que inició todo esto.
Força!!!