Vuelva usted Mañana

Fraga, entre las dos España

Hay dos Fraga. Uno, el defensor de la dictadura de Franco, ilustrado ministro de Información y Turismo empeñado en lavar la imagen externa del país mediante la potenciación del turismo, gran descubrimiento del siglo XX para España. Creó la red de paradores nacionales y desarrolló una promoción internacional sin precedentes con un acertadísimo eslogan de auténtico impacto que aún sobrevive: ”Spain is different”. Generó divisas para un país empobrecido que sólo se alimentaba del dinero que enviaban desde la entonces lejana Europa unos cuantos millones de forzados emigrantes. Permitió los bikinis y se bañó en Palomares, con un ridículo bañador, para demostrar que las bombas americanas, caídas en la costa almeriense, no entrañaban peligro de radiactividad, aunque la verdad es que existió serio peligro en toda la zona, menos en la que se exhibió el ministro junto al embajador americano. Hizo la Ley de Prensa –vigente todavía en muchos aspectos- que más que ley de libertad informativa fue una operación de maquillaje político. Participó en consejos de ministros de Franco que determinaron ejecuciones, creando dolor y desolación en muchas familias y en muchos españoles y provocando reacciones de protestas en todo el mundo. Consiguió fama de incansable trabajador. Se decía que, antes del desayuno, se leía un libro cada día. Y que bajaba desde casa al piso de abajo, donde estaba la Redacción de RNE, para ver cada mañana las noticias de agencias. Cuando fue ministro de Gobernación –“la calle es mía”- permitió abusos. Detuvo a Carrillo en una pantomima transicional. Nadie pensó que Fraga, un franquista convencido, se convertiría en demócrata activo, si bien tampoco nadie imaginaba entonces que Adolfo Suárez –que también vistió como ministro de Franco la chaqueta blanca, la camisa azul y el yugo y las flechas- llegaría a ser el principal artífice de la llegada de la Democracia. El destino nos reserva continuas y hasta agradables sorpresas.

Durante su mandato se abrieron varios periódicos, entre ellos “Sol de España”, a cuyo acto inaugural en Marbella, a primeros de abril de 1967, asistió en su calidad de ministro de Información y Turismo, invitado por nuestro presidente Luis Zarraluqui y nuestro director Eduardo Haro Tecglen. Aquella tarde visitó los talleres del periódico y charló brevemente, sin inmutarse, con un pintoresco linotipista que se había sentado a trabajar en fecha tan especial vestido de smoking con una margarita en la solapa, pero no visitó la Redacción -distante solo unos trescientos metros- a cuyos componentes nos dejó con tres palmos de narices. Por la noche se celebró una cena de gala en el Hotel Don Pepe con el ministro, su séquito y los directivos del diario, fiesta a la que tampoco asistimos los redactores. Esa descortesía produjo la primera baja del periódico, antes de que este saliera a la calle. Alfonso Martínez Garrido, redactor jefe, Premio Nadal, pensó que lo habían ninguneado y dejó de aparecer por la redacción creyendo ingenuamente que le pedirían disculpas. No fue así, de manera que mi amigo Alfonso, que había sido mi director en “El Faro de Ceuta”, se largó a Madrid, donde, por suerte para él, triunfó en “Pueblo”.

Uno ó dos años antes, yo conocí a Fraga Iribarne en Ceuta, cuando las visitas de los ministros a mi querida ciudad eran aparatosas y multitudinarias, cuando su llegada se hacía en buques de guerra. Llegó por la mañana a bordo de un destructor que atracó en el Muelle España. Al desembarcar inmediatamente le abrieron la puerta de un cochazo que esperaba a pie de escalinata. Pero no se subió. Miró a la ciudad y preguntó si estaba lejos el santuario de la Virgen de Africa, Patrona de Ceuta, donde se celebraría un Tedéum. Se la sañalaron y entonces dijo: pues venga, vamos andando. Y echó a caminar rápido y con largas zancadas arrastrando tras él a las autoridades, sin importarle que algunas fueran personas mayores que le seguían con el fuelle en la boca. Tenía fama de autoritario, torbellino y andarín. Y déspota. Por cierto, una de aquellas llegadas de ministros a Ceuta pudo convertirse en incidente bélico de alcance internacional. Cuando el destructor de turno cruzaba el Estrecho llevando a bordo a un ministro del Ejército apareció un avión inglés de reconocimiento que sobrevoló un par de veces la embarcación. Como enviado especial viajaba en el buque de guerra un compañero periodista, Tony de la Cruz, quien a la llegada a Ceuta nos reveló el miedo que había pasado cuando se enteró de que “alguien” dio la orden de derribar al avión inglés si volvía a acercarse. No pasó nada porque el aparato, satisfecha su curiosidad, volvió a su base de Gibraltar.

El otro Fraga es el que “descubre” como embajador en Inglaterra los beneficios de la democracia parlamentaria. El que funda el partido “Reforma democrática”. El que interviene como ponente en la redacción de la Constitución, convirtiéndose en “padre de la patria”, el que se remanga la chaqueta en un escenario para bajar hasta el público dispuesto a arrearle estopa a un revienta mítines. El que junta a los “siete magníficos” en una Alianza Popular, con la que se pega el primer carajazo electoral pero con la que logra mantener su presencia hasta ser lider de la oposición. Sólo cuando es consciente de que nunca conseguirá el sueño de su vida –ser presidente del Gobierno de España- rebautiza el invento como Partido Popular, entroniza a su sucesor, crea la derecha democrática que ahora nos gobierna casi absolutamente y se retira a su Galicia natal en la que alcanza por tres veces la presidencia, último de sus cargos alcanzado en elecciones libres.

Un día, no hace muchos años, en Fitur, en una charla con varios periodistas, nos dijo que había visitado los stands de Andalucía y que le habían impresionado las villas turísticas. “Son un magnífico invento”, nos dijo. Le recordé entonces su visita a Ceuta y la inauguración de “Sol de España” en años lejanos. Me miró con aires nostálgicos. Y suspiró: “¡Qué fuerzas tenía yo entonces!”

Hoy, una parte de este país llora la muerte de Manuel Fraga Iribarne, mientras el país entero espera ansioso que algún día suenen los compases finales del enfrentamiento de las dos España.

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(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga, martes 17 enero 2012)

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