Vuelva usted Mañana

Esplendor en la yerba. Una España de Cine. Artículo 28

Siempre ha existido, desde que el mundo es mundo, gente que ha amado a la Naturaleza, gente que ha cuidado el paisaje, y gente a la que le ha importado un pimiento que el monte se queme o que el mar se convierta en un inmenso estercolero, pero nunca como ahora se han radicalizado tanto las posturas y las actitudes, nunca como ahora se ha establecido una división tan irreconocible entre los que, por un lado, se erigen en defensores absolutos y únicos del planeta y los que, por otro, inmensa mayoría silenciosa, han decidido no hacer de tal menester una cuestión de vida o muerte.
Los ecologistas, y que no se me sobresalten por lo que les digo, no son, ni tienen por qué serlo, guardianes únicos y exclusivos de valles, ríos y mares, ni, por lo tanto, han de ser fisca-les ácidos e indiscriminados de actitudes ajenas. Hay que agradecerles, y se les agradece, sus esfuerzos por generar leyes que nos defiendan de los depredadores del medio ambiente, y hay que agradecerles sus acciones para llamar la atención pública sobre exterminios de de-terminadas especies animales en vías de extinción, pero también hay que precisar que la gran mayoría de nuestros legisladores, sin que se llamen ecologistas, tienen demostrada su pre-ocupación por mejorar la calidad de nuestro entorno.
Los movimientos ecologistas pierden su esencia cuando se convierten en agrupaciones o partidos políticos, porque, a partir de ahí, generan posturas «anti», como el resto de las formaciones. Un ciudadano puede ser de derechas, de izquierdas, de centro o de lo que quiera, pero no puede ser, o no debe ser, anti-Naturaleza, eso nunca.
Personalmente, prefiero decir amante de la Naturaleza que ecologista, no sé si es porque los «ismos» se me antojan excluyentes o porque antepongo la palabra amar a cualesquiera otras, o, tal vez, porque, entre los militantes activos del movimiento ecológico, detecto acti-tudes excesivamente belicosas, gestos demasiado políticos y demagógicos, y no me creo los mensajes «agresivos» envueltos en palabrería barata.
Amante de la Naturaleza es quien mira a su alrededor y hace algún esfuerzo por cuidar su entorno, quien se preocupa de no dejar tiradas en los campos latas vacías que luego se oxi-dan, o plásticos que se eternizarán porque no serán depurados nunca; quien no tira basura a la calle, quien hace lo posible por evitar fuegos en el bosque, quien logra evitar que los emi-sarios viertan sobre las playas. Amantes de la Naturaleza somos todos, incluso los incendia-rios, incluso los especuladores, incluso los empresarios sin escrúpulos que vierten en los ríos las impurezas de sus fábricas, todos ellos tienen, en alguna medida, un contacto amoro-so con el medio natural, pero mientras unos lo demuestran, otros airean su maldad y hasta se enorgullecen de no ser respetuosos más que con el dinero y con el sentido de la propie-dad, de la suya, claro.
Un ejemplo de postura extrema: durante la construcción de un campo de golf se transforma una poza infecta, donde no anida ni un solo pajarito, en un bello estanque al que acuden in-mediatamente las aves. Se ha mejorado a la propia Naturaleza, se ha convertido en un paisa-je verde y hermoso lo que antes era un terreno seco, estéril y desolador. Y entonces llegan los ecologistas y piden que se marchen los golfistas porque están estorbando a las aves.
Es posible que nos estemos cargando el planeta, casi seguro, y esa terrorífica probabilidad debería ponernos en guardia a todos, pero no nos engañemos, hay contaminaciones horri-bles, la de los coches por ejemplo, y casi todos los ecologistas imagino que tienen coche, y nadie protesta contra ellas, y luego hay gestos grandilocuentes que, quizá, esconden otros intereses. No deberían contaminar el mensaje ecologista.

(Artículo publicado en “Diario 16”, correspondiente al libro “Una España de Cine” -columnas de actualidad con títulos cinematográficos-, en los años previos al Centenario del Cine en nuestro país (1996). Era mi modesto homenaje al celuloide. Ha pasado tanto tiempo y, sin embargo, siguen vi-gentes muchos de estos artículos sobre cuestiones de la vida nacional.)

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