Vuelva usted Mañana

España anda triste y enfadada

Hubo una vez en este país ganas de cambio, alegría en las calles, ausencia de ira y cantos de libertad. La democracia asomaba en el horizonte como un sol esperanzador tras un período inacabable de nubarrones negros y tormentosos. Liberados del yugo (y de las flechas) y, pletóricos ante un futuro ilusionante, vimos llegar los derechos y las libertades, nos habituamos a votar y encontramos nuestro sitio en la Europa renaciente. Pero eso es ya historia. Luego sobrevendrían el bienestar que nunca jamás habíamos disfrutado y los derechos sociales que igualaban a todos los ciudadanos. Nos acostumbramos en seguida a lo bueno y por eso llegamos al acomodo y a la despreocupación. Entonces empezamos a olvidar que la democracia exige participación y, encantados del euro, lo dejamos todo exclusivamente en manos de los partidos, porque así lo habían dispuesto los propios partidos cuando, allá por la transición, escribieron la hoja de ruta que nos ha traído hasta aquí.

La vida siguió plácidamente, pero, de pronto, en septiembre de 2008, una pandilla de tiburones (sinvergüenzas sería la palabra adecuada) de Wall Street -Lehman Brothers en compañía de otros- provocaron una conmoción mundial con el escándalo de las hipotecas basura (subprimes) que originarían la mayor quiebra empresarial de la historia con un pasivo de seiscientos trece mil millones de dólares. En diciembre del mismo año otro delincuente de cuello blanco y faz de acero, Bernard Madof, que pasaba por ser un filántropo, fue detenido por el FBI que lo acusó de fraude por valor de cincuenta mil millones de dólares. Los jueces condenaron a 150 años de cárcel a Madof, pero otros como él siguieron en la “brecha”. Y de esa forma, por las connotaciones que las quiebras financieras derivaron en sus extensiones de Asia y Europa, la crisis económica americana se extendió al mundo entero y la torre de naipes se desplomó y el sistema se fue a hacer puñetas. O, para decirlo mejor, se fueron a hacer puñetas el pueblo llano, la clase media, los trabajadores, las personas, justo quienes menos culpas tenían de la barrabasada cometida a cinco mil kilómetros de nuestras casas. Ellos, los causantes de tanta desgracia, casi todos, siguieron, y siguen, ahí, ocupando puestos relevantes en el puente de mando de las finanzas internacionales, en tanto miles de familias son desahuciadas y lanzadas a la calle sin la más mínima consideración.

Es obvio que, desde septiembre de 2008, no levantamos cabeza. El gobierno socialista se equivocó de pe a pa y lo pagó con creces en las urnas. Lo sustituyó el PP, pero el número de parados no deja de aumentar y la previsión por ahora, según el ministro pepero de Economía –un ex directivo de Lehman Brothers- es que alcanzaremos los seis millones de parados y que la caída del consumo pone a nuestro país al borde de la recesión.

¿Cómo es posible que mientras se está dinamitando el estado de bienestar, destruyendo puestos de trabajo, recortando derechos laborales, bombardeando los núcleos de la sanidad pública, la educación, la seguridad social; cómo es posible, digo, que los sindicatos y las fuerzas vivas de la ciudadanía permanezcan en la duda, en las medias tintas y en la inacción? ¿Dónde acampan los indignados? Vivimos en un país paralizado, anestesiado por el miedo. Sólo los dueños del dinero y los grandes empresarios están contentos porque el gobierno de derechas hace política de derechas, incumpliendo sus insistentes promesas electorales de no subir impuestos y de no abaratar el despido.

Hay tanto miedo acumulado –a no encontrar trabajo, a perder el que se tiene, a que llegue una medicina de ricos y otra de pobres, una educación para la elite y otra para el vulgo-, que, a fin de evitar amenazas de más apocalipsis, ni siquiera protestamos por no haber acabado de una vez con un sistema económico salvaje, sin ideología, entendido como herramienta fría, estadística y distante, al servicio de la clase financiera, en lugar de un instrumento social para mejorar la vida de los seres humanos. La deuda del estado es el único argumento de los gobiernos europeos. Los gobiernos, a su vez, son meros servidores del país más fuerte, que es Alemania, único capaz de superar crisis e imponer normas. Solo hablan de recortes, de mercados, de prima de riesgo, de deuda pública. No hablan de reactivar la economía, no hablan de personas ni de derechos de las personas. Qué lejos quedan la alegría y la ilusión de aquellos años. Ahora España anda triste y enfadada.


(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga” domingo, 19 febrero 2012)

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