De las mil y una maneras que hay para clasificar o dividir al ser humano la que más se aproxima a la realidad, creo yo, es la de adscribirlo, por su forma de ser, a uno de los pecados capitales. En efecto, la gente puede ser avariciosa, glotona, libidinosa, orgullosa, envidiosa, vaga o irascible. O, por el contrario, generosa, abstemia, casta, humilde, caritativa, diligente o pacífica. Y tal como se muestre habitualmente, así es. Algunos, incluso, se cobijan a la vez bajo los siete mantos del vicio o de la pureza, porque, como decía el torero, “tiene que haber gente pa tó”. Tan reveladora enseñanza infantil, la de los siete pecados capitales y sus correspondientes antídotos, se la debemos, los de mi generación, a aquellos curas que nos hacían aprender las lecciones a hostias vivas, dicho sea con el respeto que me merece su recuerdo.
En la década de los sesenta el escritor Fernando Díaz Plaja hizo un libro en el que asignaba a los españoles, en plan nacional, el pecado capital de la envidia. “El español y los siete pecados capitales” venía a decir que este país no perdona el éxito ajeno. No se equivocaba. Así como en Estados Unidos se reconoce y aplaude el mérito del triunfador (yo mismo, muy extrañado, he visto en Nueva York cómo la gente aplaudía espontáneamente la llegada a un hotel de un famoso millonario que había ascendido partiendo de la nada), aquí al que destaca le dan el sartenazo en cuanto se descuide. No hay elogios para quien saque la cabeza de entre la medianía.
También hay quien dice que somos un país de soberbios. Lo afirmaba, yendo lejos, el autor de la novela “La calle de la aventura” (“The street of adventure”), Philip Gibbs, cuando su personaje central, un periodista londinense, acudía a cubrir la información de la visita a Londres del “rey de la nación más pobre y orgullosa de Europa”. No necesitaba el también periodista Gibbs, que escribió su novela en 1909, decir el nombre de España para que todos los lectores supieran de qué país y de qué rey (Alfonso XIII) se trataba.
De todas formas no afirmo en modo alguno que todos los españoles seamos igual de envidiosos y soberbios ni que los americanos sean mejores que nosotros, ni muchísimo menos. Si acaso, que sus defectos serán otros.
Los pecados capitales, llamados así por Santo Tomás porque inducen a otras perversiones mayores, han evolucionado mucho. Para bien. Hoy día, la gula se ha convertido en gastronomía. En consecuencia, en lugar de pecaminosa, su práctica es eminentemente cultural. La avaricia, por su parte, no es si no una manera legítima de ganar dinero (beneficios, se dice), reservada, eso sí, a tiburones, quiero decir banqueros, de Wall Street. La pereza perdió su despreciado nombre, adquiriendo el de ocio, mucho más social, también cultural y anti estresante y sinónimo de merecido descanso. En cuanto a la ira, ahora es arrebato ocasional. Te dan el viaje y en seguida te piden perdón. O sea, no hace falta recurrir a la templanza. Te disculpas y puedes seguir siendo tan cabrón como siempre.
De la lujuria ni hablemos. Qué palabra tan antigua. Ahora se llama sexualidad y dicen que la vivimos plenamente. Dicen. Puedo imaginarme qué dirían aquellos curas pegones de mi niñez, en mi querida Ceuta, si levantaran la cabeza y vieran su catecismo reconvertido en modernidad. Y también imagino lo que diría yo si los viera aparecer otra vez.
Como me ocurre siempre en días de sopor y terral (ese maldito viento caliente del desierto que te ablanda el cacumen y te lo deja hueco), también hoy he decidido reflexionar sobre cuestiones sociales no excesivamente profundas. Es tiempo veraniego, tedioso, y la cosa no da para mucho. Pero, volviendo al tema de los pecados capitales y sus adscripciones personales, sigo creyendo que la envidia y la soberbia constituyen parte de nuestra mejor seña de identidad como españoles. Nada como ver darse un castañazo a ese tipo que se cree alguien. Qué se habrá creído el muy gilipollas.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 26 julio 2009)