Por pura necesidad, me adentro en el intrincado territorio de una ciudad que aspira a ser algo más que una capital de provincias. Lejos del centro, casi perdido, intento abrirme camino en medio de una selva de arena, cemento, polvo y sólidos pivotes de tráfico. Para no perder el carril adecuado, mi coche se las tiene tiesas con otros mil vehículos, temerosos todos de que hayan cambiado las direcciones, como hacen cada día, y terminemos dando un rodeo de kilómetros para volver al mismo sitio. Debo llegar a mi destino a una determinada hora, pero ya voy tarde pese a haber adelantado bastante la salida. Los nervios hacen su trabajo y ponen en mi educada boca increpaciones que no llegan a traspasar el cristal de la ventanilla.
Mientras recupero de un volantazo la posición que el listo de un monovolumen quería arrebatarme, siento en mi interior la destilación de una nueva dosis de espeso líquido biliar. Pierdo por un instante mi reconocida condición de transigente y tolerante, echo una mirada de fuego al retrovisor y lo que veo me horroriza. Soy yo mismo, es mi cara desencajada. Noto, con mucha preocupación, que el animal que todos llevamos dentro yo lo llevo ahora fuera. Trato de justificarme a mí mismo. Son dos años llegando tarde a los compromisos, compitiendo ferozmente con otros conductores, algunos pacíficos como yo; otros, descarados e insultones, como el niñato de la furgoneta, y los que no, como el pijo fardón, avasallando con su reluciente bólido rojo. Dos años de eternas obras que, como la tela de araña, se extienden por la ciudad en un laberinto insoportable de inextricables encrucijadas y estrecheces. Trabajamos para usted, se atreve a decirme una valla publicitaria. Hay que jorobarse. Es posible que trabajen para nosotros, pero están consiguiendo hacer irreconocible, por feo, el paisaje urbano que antes nos resultaba familiar.
El gilipollesco letrero me ha distraído y no he visto a tiempo un bache, quiero decir un tremendo socavón, que ha zarandeado con mala leche a mi sufrido coche. Doy un salto en el asiento, los amortiguadores se acuerdan de la madre del autor de la zanja y vuelven a mis labios sonoras palabras que no pertenecen en absoluto a mi léxico habitual. Procuro no desviar ya la mirada de los anárquicos trazados provisionales, pero de reojo advierto que vecinos y comerciantes de avenidas y calles destrozadas ponen carita de resignación contemplando el huracán del tráfico. El ruido de las excavadoras quizá los distrae y les hace olvidar la carencia de actividad en sus establecimientos. Hace tiempo que agotaron sus quejas, desgañitándose inútilmente. Su actitud ha pasado de enojo a pasotismo. Empiezan a asimilar la nueva filosofía ciudadana: Escrito está que las obras no terminarán nunca, que las excavadoras perforarán los tímpanos, que el aire olerá a asfalto.
Por fortuna, mi ira se desvanece pronto. Inicio una meditación más placentera. Recuerdo agradables paseos por bellas avenidas de grandes capitales (Nueva York, Londres, Berlín, París, Amsterdam…) o por ajardinados bulevares de ciudades medianas como Brujas, Perpignan o Düsseldorf. En estos casos, en muchísimos más casos, uno tiene la sensación de que son urbes acabadas, en las que todo está siempre en su sitio, inmodificables salvo en su crecimiento hacia la periferia. Demasiada armonía, supongo, para espíritus alborotados.
Llego al fin a mi destino del centro. Tarde, por supuesto. No me molesto en buscar aparcamiento. Voy directo al de los paganinis. Me quejo ante mis amigos de los cambios obligados de trayecto, las vueltas y revueltas que he sufrido, los traqueteos, los sobresaltos, el cabreo. Como respuesta para que pondere las críticas, los más insensatos de mis íntimos me dicen que no todo está tan mal, que el centro de la ciudad es una joya. Pero, ¿a qué llamais centro?, les pregunto airado, ¿sólo a la vieja y única calle remozada? ¿Y qué pasa con todas las demás calles, céntricas o periféricas, sometidas a la burda cirugía del reparcheo, a la eterna horadación de sus entrañas? No uso tacos, elijo palabras descriptivas, pero me he puesto trascendental. Y recapacito. Las cosas son como son, como fueron siempre, no como uno quisiera que fueran. No he dicho el nombre de tan humana, vivible, saludable ciudad. Para qué. El sol, que aparece de pronto, me aclara las ideas. Me pasa siempre.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 17 enero 2010)
Es Málaga¡¡, seguro¡¡ jajaj