Vuelva usted Mañana

Esas pequeñas cosas de la vida

Al fin, sábado medio soleado, alabados sean los dioses de la lluvia y el frío, que nos han dado un merecido respiro de fin de semana. Para empezar el día, alegres estelas de aviones atiborrados de viajeros que surcan el cielo entrando y saliendo del nuevo super aeropuerto malagueño. Son vísperas de estreno. El lunes, 15, será inaugurada por el Rey la grandiosa terminal T-3. Veo a los aparatos surgir, muy chuiquititos, por los horizontes de Africa y sigo sus vuelos hasta que, perdidos entre edificios, les supongo aterrizando. O los diviso cuando se elevan y se pierden por el Este buscando las costas de Valencia o Barcelona, o por el Oeste encarando rutas transoceánicas. Me gustan los aviones, ir en ellos, porque me desplazan rápido hasta el sitio donde quiero estar. No es viajar, lo sé. Es simplemente desplazarse rápida y cómodamente. Limpiamente. Viajar es otra cosa muy distinta, otra sensación mucho más excitante y divertida en la que la meta no es más que un pretexto, en tanto el camino es el gozo auténtico de la aventura. Con el avión llegas en seguida, cruzas un charco azul inmenso, haces lo que tengas que hacer, incluso “viajar” por continentes del otro lado, y luego vuelves otra vez rápido. El avión en un complemente perfecto para un largo viaje. Pero vuelvo a insistir en que el verdadero viaje es el camino que se hace hasta la meta. En ese trayecto es donde conoces gentes y culturas distintas, donde descubres tierras de paso, donde te detienes para degustar otras gastronomías, para ver paisajes, para impresionar en tu cámara digital o almacenar en el disco duro de tu retina nuevas percepciones en forma de imágenes.
De todas formas, me fascinan estos aviones que me sobrevuelan y me llevan y me traen de tierras lejanas. Tengo centenares de anécdotas, algunas maravillosas y otras de pánicos y horrores, vividas a bordo de todo tipo de aviones. Cualquier día os endiño un rosario de esas vivencias aéreas, pero no hoy.
Hoy, sábado, lo que pretendía era reflexionar sobre las insignificancias cotidianas que te hacen feliz, más allá de la irritada complejidad social en que nos consumimos. Creo que los fines de semanas, para quienes pueden permitírselo, son la ocasión única para disfrutar de lo que carecemos el resto de la semana: un poco de serenidad, una mirada pausada a tu alrededor, el paseo marítimo, el campo, tu Plaza Mayor, tu calle, una terraza, unos churros o un pitufito de ibérico, un cafelito, los periódicos calentitos del día, un tiempo para los magazines repletos de historias, una degustación del buen periodismo que sólo se prodiga los fines de semana, la lectura de un pensamiento, una cita, una frase; el hallazgo de una hermosa flor brotada en el seto por el que siempre pasas y nunca miras.
Esas pequeñas cosas de la vida.

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