Todo va a peor. Se respira peor. La capa de ozono está rota y nadie le hace ni puñetero caso. Somos más violentos en términos generales y también en los particulares. Que la agresividad brota en el ambiente es tan obvio como que el mundo va disparado a la contaminación absoluta y al pernicioso, y sin embargo poco creído, cambio climático. Eso, siendo como soy optimista. Si te pones en la realidad, entonces es que te entran ganas de decir que paren el planeta, que tú te bajas. Por cierto que cuando se habla de cambio climático la mayoría piensa que es una manía de Al Gore y no se puntualiza bien que se trata de un cambio a mucho peor. No es que vayamos a tener mejor tiempo, no, nada de eso. Al contrario, es que subirá el nivel del mar, se multiplicarán los incendios forestales, sufriremos graves alteraciones atmosféricas, temperaturas desconocidas, las costas soleadas serán costas tormentosas y aquí no va a haber quien viva. O sea, a peor.
La agresividad se apodera de todo: de actitudes personales, del diálogo coloquial, de la convivencia laboral. De todo. Pedir una consumición en determinados bares es jugártela. Te miran atravesado, salvo que seais varias personas y vayais a comer todos. Entonces se dibuja en la cara del camarero una falsa sonrisa de amabilidad que inmediatamente se transforma en un gesto de Herodes si uno de los que va a comer es un niño de esos que no paran ni pa dios. Vamos a peor.
Antes te acercabas a un guardia urbano, le pedías una dirección y había casos en que te llevaba de la mano hasta el sitio. ¿Dónde quedaron aquella corrección, aquella urbanidad de los urbanos? Bueno, en realidad es que ya no hay guardias urbanos. Podría ser lo mismo con los policías, ¿verdad? Pues no, no lo es. Ahora, los policías, azules, negros, rojos, verdes, mediopensionistas, sólo se dedican a poner multas. Muchas multas. Miles de multas cada dia. Horroroso. ¿Eso no es ir a peor?
Hasta el mundo del deporte, en el que siempre imperó el ingenuo lema del creador de los modernos Juegos Olímpicos, Barón Pierre de Coubertin (ya saben, “lo importante es participar”), se ha contaminado de virulencia por el ansia de triunfos. No me gusta perder ni en los entrenamientos, dicen muy convencidos, para granjearse el fanatismo de sus seguidores, los grandes ases del deporte moderno. Que participen ellos; yo lo que quiero es ganar (y cobrar mucha tela). Por eso hay tantas lesiones en los entrenamientos. La frase “juego limpio”, sempiterno ejemplo de deportividad, son ahora dos palabras antitéticas.
El fútbol, espectáculo preferido por las masas en nuestro país –masas en las que me incluyo por mi afición a las bellas artes-; el fútbol, digo, es el paradigma del lenguaje violento y hasta belicista. Ahí sí que se nota que no mejoramos. Los narradores futboleros ya no dicen en la radio o en la tele “el equipo avanza”; dicen “el equipo ataca”. No que el delantero va a meter un gol, sino que “va a hacer mucho daño”. Tampoco que tal equipo puede vencer con holgura, sino que “va a machacar” o “a aplastar” a su rival. Cuando nos cuentan la habilidad del goleador se refieren a él como el “keller” (asesino) del área.
Lo que desde niños siempre hemos llamado chut (del inglés shoot; todo en el fútbol viene del inglés, hooligans incluidos) ellos lo traducen por torpedo o por zurriagazo. Y si se calientan, porque el fútbol es pura calentura, entonces califican el lanzamiento como un obús. Que un jugador le birle a un rival el balón, en un descuido de éste, se llama “robar la cartera”. Y dejar un equipo a otro fuera de competición es “noquearlo”. En este lenguaje figurado y guerrero, el “pase de la muerte” se produce cuando un jugador se interna por un ala y, en posición in extremis, envía el balón a su compañero, dejándoselo para que, sólo ante la portería, lo empuje a la red. (A veces ni por esa meten el gol, aunque sean los peloteros mejor pagados del mundo.) La oportunidad postrera en el minuto final, cuando con un gol aún es posible “salvar los muebles” (no hacer el ridículo), se describe como “el último cartucho”. ¿Vamos o no vamos a peor?
Hubo un tiempo en el que grandes escritores se acercaron a la estética del fútbol. Relatos, bellas crónicas y hasta exaltadas odas salieron de plumas ilustres: Alberti, Sartre, Cela, Vargas Llosa. Pero terminaron abandonando el césped, tal vez porque no querían ser reporteros de guerra. Las buenas maneras, el lenguaje amable, se fueron para siempre cuando nos quedamos sin guardias urbanos.
(Articulo publicado en “La Opinión de Málaga”, 16 agosto 2009