Cuando, allá por 1996, colaboraba con una columna en “Diario 16”, decidí rendir un homenaje personal al cine con motivo de su Centenario en España. Quería aprovechar la celebración para devolver al cine una parte ínfima de todo lo que el cine me había dado a mi. El llamado Séptimo Arte había llenado toda mi infancia y me había hecho descubrir y recorrer el mundo a través de su gran pantalla. Viajé lleno de ilusiones por las historias de la Historia, di la vuelta al mundo en mil películas.
Pero, además, el cine me envolvió en un maravilloso universo de color al que me escapaba cada día, huyendo inconsciente o conscientemente de la vida real en la que me había tocado vivir, que era una vida de posguerra, de tristeza y de color blanco y negro, o sea, de color feo y gris.
La manera en que había de homenajear al cine no era hablar de cine, porque yo quería que mi columna periodística girase en torno a la actualidad de España. Así es que se me ocurrió que los títulos de mis artículos debían corresponder a títulos de película y, puesto que el cine cumplía cien años, debería escribir cien artículos.
De esa manera surgió la sección “Una España de Cine”, que, lejos de ser una crítica cinematográfica, fue una simple sucesión de comentarios al hilo de la actualidad. Su singularidad, si es que la tuvo, consistió en relacionar, de alguna manera, el título de la columna, que era siempre el título de una película, con el tema que glosaba, que era siempre un tema de actualidad periodística.
Y como quiera que los ordenadores tienen esas grandes y prodigiosas facultades de memoria, he aquí que un buen día, en uno de los muchos traslados de archivos de un ordenador viejo a otro nuevo, redescubrí en una vieja carpeta todos los artículos de aquella sección. Me dio cierta alegría. No conservaba ningún recorte de prensa de 1996. Mi primera intención fue repasar, reescribir y actualizar algunos artículos. Pero me detuve inmediatamente. El pasado es el pasado, pensé, pero con una particularidad en este caso y es que, mientras los recuerdos se distorsionan con el tiempo, la palabra escrita permanece inalterable, para bien o para mal.
Empiezo con el prólogo y el primer artículo. Y cada día añadiré una columna hasta llegar a las cien que forman de libro. Si les gustan, disfrútenlas . Rafael DE LOMA
Se cumplen ahora (1996) cien años desde la aparición del cine, el invento más divertido de la Historia del hombre, y, a pesar de los innumerables dictámenes clínicos y agoreros con pronósticos de muerte súbita que lleva soportados, nos sigue confirmando cada día que tiene una delicada salud de hierro. Creo que el secreto de la perdurabilidad del cine está en que, a lo largo de estos cien años, nos ha demostrado que la vida no es más que una película, mala muchas veces, buena muy pocas y alguna vez excepcional, siempre adornada con momentos estelares, y que es mejor refugiarse en la ficción ajena de la pantalla que caer en las redes de la propia realidad gris que nos rodea, porque, ¿qué es la vida a nuestro alrededor, sino una mala película sin argumento, con pésimos actores y peor director?
Un vistazo cronológico a la filmografía nacional nos daría una perspectiva amplia de la evolución de la sociedad española, desde aquellas primeras y desvaídas imágenes de la salida de misa en una iglesia de Zaragoza, el primer documento cinematográfico español, cuando el siglo que traería dos guerras mundiales empezaba a balbucear, hasta los últimos éxitos conseguidos por nuestros cineastas en la meca del celuloide. En ese recorrido pasaríamos por épocas vergonzantes, por épocas de ilusión, por episodios sangrientos, y de todos ellos evocaríamos, posiblemente, la parte romántica y nostálgica y tiraríamos al contenedor de los olvidos los recuerdos desagradables, es decir, la auténtica realidad vivida. Esa es otra grandeza del cine, la de asociar el recuerdo de películas inolvidables con los momentos felices de nuestra niñez, de nuestra juventud, momentos que, en realidad, debieron ser mucho peores.
Nada ni nadie ha podido con el cine, con su magia, con su atracción. Ni siquiera el invento diabólico de la televisión. Al contrario: todos los inventos de la técnica han servido para potenciarlo, empezando por el sonido del que nuestros bisabuelos pensaron que provocaría su fin, hasta los vídeos que, con películas a modo de sardinas en lata, retienen a la gente en el salón de su casa. Hace más de cuarenta años, Hollywood, temblando de miedo porque la tele le amenazaba de muerte, inventó el cinemascope. Y luego Spilberg inyectó nuevas dosis de imaginación al espectáculo. Y el espectáculo sigue.
Es cierto, sí, que las salas de exhibición acusaron el golpe, es cierto que se quedaron vacías, que la mayoría de ellas tuvo que cerrar, porque el público abandonó un ritual que duró toda una época, pero el cine siguió y sigue adelante, y si la gente no va en masa a las salas, es el cine el que se cuela en la casa asomándose por la ventana del televisor. Para mucha gente, para mí mismo, el cine ha sido algo más que un entretenimiento. Muchas generaciones hemos descubierto el mundo a través de las aventuras y desventuras de los grandes mitos. Por todo eso, y por mucho más, deseo al cine un feliz centenario.
Somos el segundo país con la tasa de natalidad más baja del mundo y ese destacado lugar del ranking lo hemos alcanzado en el corto trayecto que va desde el principio de los años sesenta, aquellos años en los que se ensalzaba en películas lacrimógenas la tremenda hazaña de crear una familia numerosa, hasta el principio de los años noventa en los que las parejas se lo piensan cien veces antes de traer un nuevo paradito a este mundo.
De dos coma ocho por mujer, los nacimientos se han reducido justo a la mitad: uno coma cuatro; de aquellos premios a la natalidad, necesarios para «hacer una España grande», de aquellas prolíficas familias, hemos dado un salto hacia el segundo promedio más bajo de entre todos los países, ricos y pobres, del mundo. Sólo Italia, qué curioso, nos supera en esta lista de éxitos. Pero estamos también en otras listas de cuarenta principales; estamos, por ejemplo, en el quinto lugar del mundo, compartido con Francia, en escolarización infantil, aspecto este en el que hemos conseguido un noventa y siete por ciento, más del doble que el promedio de los países latinoamericanos y africanos. Qué bonito no ser, al menos en esto, tercermundista.
¿Qué puede haber pasado, en tres décadas, para que se haya operado un cambio tan sustancial, tan drástico, en el modo de planificar la familia? Aquí, casi siempre, la explicación es sencilla y cortante: somos un país pendular, un país de vuelcos súbitos; pasamos, en un abrir y cerrar de ojos, del rosa al amarillo, somos rojos intensos o más azules que el cielo, tenemos más hijos que nadie, ea, para que vean lo machotes que somos, lo imperiales y orgullosos, o, nos lo pensamos mejor en un momento, y decidimos no tener más que los hijos justitos, no hacer más grande a España, pero el cambio no lo hacemos gradual sino drásticamente, chulos que somos. Y cualquier otra explicación, más científica, más social, seguro nos lleva a la misma conclusión.
Hoy, con o sin crisis momentáneas (no me gusta la palabra coyuntural), la gente que decide iniciar un proyecto de vida en pareja, sea cuales sean la edad, la condición social, las circunstancias, lo primero que hace es explorar y vivir la fase previa de la nueva experiencia, y sólo tras una gran meditación, tras haber disfrutado de pequeños grandes placeres que, de otra forma, suelen frustrarse con la llegada impensada o precipitada de los hijos, sólo cuando consideran que todo está bajo control, decide la nueva pareja alumbrar una nueva vida.
Antes que nada, o al menos tal se desprende, primero es trabajar, para él y para ella, realizarse personalmente, conocerse, vivir; luego, tras un tiempo prudencial, llegará el hijo o, como mucho, los dos hijos.
Nunca como ahora, el negocio de los preservativos ha dado más dividendos. Y si el muestrario de productos no estaba completo, surge ahora el condón femenino, recibido felizmente por las feministas y criticado fuertemente por los fabricantes de la competencia masculina. Pero el uso de estas «prendas», clarísimamente, está más orientada a la profilaxis y prevención sanitaria, el fantasma del sida, que al fin para el que fueron pensadas: evitar el embarazo no deseado.
Y como, en materia de curas, siempre vamos o delante de ellos, rezando, o detrás de ellos, corriéndoles, también en el negocio de la natalidad hemos dado un pendulazo a la iglesia católica. En un tiempo no muy lejano paseábamos la virtud bajo palio, con mucha hipocresía, claro, con mucha doble vida, claro, y teníamos grandes y numerosísimas familias. Ahora, con crisis o sin crisis, hemos abandonado el consejo eclesiástico y hemos decidido tener solamente la familia que deseamos tener. Creo, modestamente, que en ese contencioso, en el que media nada menos que el pecado, llevamos razón nosotros y no la Iglesia, tan despistada de la realidad algunas veces. A Galileo, sin ir más lejos, le ha dado el Papa la razón el año pasado…