Vuelva usted Mañana

Encuentros en la tercera fase Una España de Cine. Artículo 26

Tenemos, el que lo tenga, sentido del deber, tenemos, los españoles más que nadie, sentido del ridículo, algunos incluso dicen que tienen sentido común, no muchos, y, a partir de aho-ra, ya de forma oficial, tenemos todos el famoso sexto sentido, esa razón extraña e inexpli-cable por la cual una persona, a primera vista, puede caer bien a otra, y el descubrimiento formal, el hallazgo tanto tiempo intuido, se debe a un investigador norteamericano que ase-gura haber detectado pruebas científicas de que los humanos, al igual que la mayoría de los animales, emiten moléculas químicas sin olor, denominadas feromonas, una especie de seña-les significativas e inconscientes que, como un rayo láser invisible, puede llegar directamente al corazón de la persona que tengas frente a ti.
No sé, porque tampoco lo dice el investigador, si el sexto sentido recién hallado puede ser utilizado a discreción por su propietario, supongo que no, supongo que seguirá siendo in-consciente, pero sí ha dicho el científico estadounidense que está dispuesto a crear un in-grediente para un nuevo perfume, la gran esperanza de quienes se sienten desprovistos de encantos y atractivos personales, el éxito largamente soñado por tímidos y por reprimidos, el furor para los poco agraciados.
El descubridor yanqui, que dirige una empresa privada de biotecnología, mantiene el secreto de su hallazgo que no piensa compartir con nadie hasta que haya patentado las once fero-monas humanas que dice haber encontrado, pero ha considerado, en cambio, que debe re-velar parte del fruto de sus investigaciones. Ha dicho, sorprendiendo a otros científicos más escépticos, que el órgano humano para la captación de las dichosas feromonas, vaya palabri-ta, no desaparece al desarrollarse el feto, que es lo que pensaba hasta ahora, sino que per-manece y que reside en dos agujeritos situados en una parte concreta de la nariz. La ciencia oficial no ha dicho esta boca es mía, pero reconoce la posibilidad de que exista un sistema de feromonas humano, como existe en muchos otros animales.
La ciencia en manos privadas es, obviamente, más comercial que la ciencia oficial, por lo que bien pudiera ocurrir que, aparte el perfume para seductores y seductoras frustrados, salie-ran al mercado cápsulas con sexto sentido incorporado, capaces de descubrir vibraciones positivas, desviaciones de conducta, predisposiciones para malos hábitos, inclinaciones a la buena vida, etcétera, etcétera.
Ingiriendo una pastillita, nuestras feromonas, hábilmente potenciadas, descubrirían la verda-dera personalidad de nuestro interlocutor, y de esta manera sabríamos que, tras la aparien-cia de eficacia y de honradez de la jefa seriota, se escondía, en realidad, un deseo aberrante de coleccionar carísimos abrigos de visón, por lo que, puestos en guardia, alejaríamos de sus manos la cajita del dinero. También detectaríamos, gracias a la labor detectivesca de las fe-romonas ocultas e inoloras, las prisas excesivas que tenía un director general por acumular pisos, chalets y mansiones. Sería digno de ver cómo las astutas feromonas nos proporciona-ban los datos suficientes para prever las jugadas sucias de los capos de la comunicación, sus deseos obsesivos de vigilar y espiar a todo el mundo, sus golpes bajos, su ansia de control absoluto de la información. Sería emocionante averiguar, con el concurso determinante de nuestras hábiles feromonas, la auténtica personalidad de ciertos banqueros que, borrachos de dinero, quieren emborracharse también de poder.
Comisionistas del orden establecido, predicadores y santones de la libertad de expresión, líderes, pobrecitos ellos, todos, todos, quedarían con las vergüenzas, pocas, al aire, si las fe-romonas recién descubiertas pudieran ser utilizadas en la medida de nuestros deseos. No sé si será posible tanta felicidad.
Nos conformaremos con el perfume que propone el descubridor americano, un aroma na-tural capaz de convertirnos en seres encantadores.

(Artículo publicado en “Diario 16”, correspondiente al libro “Una España de Cine” -columnas de actualidad con títulos cinematográficos-, en los años previos al Centenario del Cine en nuestro país (1996). Era mi modesto homenaje al celuloide. Ha pasado tanto tiempo y, sin embargo, siguen vi-gentes muchos de estos artículos sobre cuestiones de la vida nacional.)

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