Cada ciudad tiene su emoción para el viajero y en mi caso la emoción de Berlín fue muy especial desde que la conocí. Debo reconocer que adoro esa hermosa ciudad y, como me sobran los motivos, no creo necesario explicar un determinado por qué.
Hoy, en este aniversario histórico, cuando los focos del mundo entero se han posado en el corazón berlinés y vuelve a festejarse, con solemnes y populares celebraciones, una de las grandes noticias del siglo XX, yo sólo pretendo dedicar un recuerdo especial, a modo de homenaje personal, a los berlineses de ambos lados que, hace veinte años, justamente el nueve de noviembre de 1989, experimentaron la mayor alegría de sus vidas.
Tengo narradas algunas de mis vivencias en los numerosos viajes profesionales que he hecho a Berlín, antes y después de la reunificación. Y almaceno en el recuerdo muchísimas más que algún día terminaré contando. Hoy sólo me referiré a unos instantes de la primera vez.
Corría el año 1978. Nunca había pasado yo más frío en mi vida que cuando, en el rigor de un gélido marzo, visité por primera vez la fascinante ciudad de Berlín. Los pomos, cargados de electricidad estática, de las puertas del Club Internacional de Prensa donde nos alojábamos, nos estremecían con sus sacudidas cada vez que entrábamos o salíamos. En la calle, el airecillo helado de la noche me cortaba como un cuchillo la nariz y las orejas, mientras el panorama de unas ruinas iluminadas, en pie todavía para recordar los horrores de la guerra (la iglesia Memorial Kaiser Wilheim, masacrada por los excesivos bombardeos de las superfortalezas volantes), condicionaban nuestra primera impresión sobre una maravillosa capital partida en dos por una pared criminal y aislada en medio de un territorio hostil. El Rio Spree, convertido en solitaria pista de hielo, contribuía a entristecer la sensación que percibíamos.
Decidimos recurrir al mejor de los estimulantes. Un bol de excelente cerveza alemana y unas salchichas con las patatas fritas más ricas del mundo, en plena Ku´Damm (abreviatura popular de un nombre muy largo de avenida), nos dieron fuerzas para llegar hasta la Puerta de Brandemburgo, luego de apearnos del taxi en medio de la extensa y desértica Avenida 17 de junio. Allí, al final de tanta soledad, estaba plantado, desde el 13 de agosto de 1961, el odioso Muro que ocultaba un miserable paisaje del que todos querían huir. Fue desalentador. Volvimos en seguida a la luz de neón y a la libertad. Y, sentados muy calentitos, terminamos nuestra primera noche berlinesa viendo caer la nieve tras las cristaleras y saboreando las especialidades del mítico Kranzler: una taza de aromático café y un trozo de su insuperable apftelstrudel.
Querido tocayo,
Magnífico artículo sobre tu vivencia berlinesa. Me trae buenos recuerdos.
Gracias por mencionarme en tu artículo del 1 de Noviembre.