El Blog de Rafael DE LOMA

En qué año se descubrió América

No es que me quiera poner fino y estirao, pero tengo que decir que nunca en mis años vividos he visto tanta falta de respeto, tan poca vergüenza y tanta falta de modales y de educación, en una parte de nuestra juventud y de nuestra infancia, como veo ahora. Estarán de acuerdo conmigo los lectores, supongo, en que jamás como en los tiempos presentes hemos topado con abundancia tal de jóvenes, menos jóvenes y niñatos groseros y descarados y críos maleducados. Basta con que cruces un semáforo, vayas en autobús, pases por la puerta de un colegio, escuches ciertas conversaciones callejeras, para que te cerciores de las carencias esenciales que, en trato social, dominan el paisaje urbano. ¿Cuándo se vio tanta hosquedad en simples diálogos, tanta actitud agresiva hacia el prójimo, sobre todo si el prójimo es más pequeño, más viejo, más débil o más educado? Lo presenciamos en los comercios, en bares y cafeterías, en los cines, supongo que en las discotecas. Lo ves en iletrados y también en gente aparentemente preparada, porque, no hay que engañarse, una cosa es no tener educación y otra, mucho peor, tenerla y disimularla con ordinariez.
Y si queremos saber cómo andamos de cultura general, entonces se te cae el alma a los pies. Te asomas a los escasos concursos televisivos sobre conocimientos básicos y te quedas horrorizado de la burricie imperante. Un programa de humor hizo la otra noche una encuesta callejera sobre el 12 de octubre y se encontró con gente joven, sin complejos, que no tenía ni idea de qué se conmemoraba. Algunos ni siquiera sabían el año en que se descubrió América. A lo mejor no sirve para mucho saberlo, pero ¿no es para que empecemos a preocuparnos?
Debo precisar que no estoy generalizando y así me vacuno contra quienes ya babean prestos a freirme en cuanto me descuide. Por supuesto que no todos los jóvenes ni todos los niños españoles son así. Me refiero solo a una parte de ellos. En realidad, y para ser muy sincero, a una buena parte.
Cortesía, galantería, amabilidad, comprensión, son conceptos inherentes a la buena educación, absolutamente anticuados, de manera que cuando alguien los practica –que sigue habiendo gente para todo- provoca a su alrededor un inusitado espectáculo de curiosidad. Ahora prevalece la ordinariez, la vulgaridad. Jo, masho, ¿ceder el asiento a una vieja, a una preñá? Pero ¡que dices, colegui! ¡Venga tío, no me rayes!
La raíz de esta pandemia de bestialismo habría que buscarla, quizá, en los disparatados planes de estudio, que cambian más o menos cada cuatro años, pero es evidente que los buenos modales, la corrección, el aseo, la conducta social, todo eso se aprende primero en el hogar y luego se desarrolla en la escuela, en la que, eso sí, podemos conocer algo más de léxico que guay y superguay. Lo que recoges en tu casa, los valores asimilados o la ausencia de ellos, te marcan para siempre. Si te enseñan a ser respetuoso lo llevas hasta la tumba. Recuerdo que cuando llegó la televisión, a últimos de los cincuenta, algunos viejos, arrobados ante el invento del siglo, se mostraban tan educados que cuando el presentador del telediario saludaba a los telespectadores, ellos se levantaban ceremoniosamente del sofá y le devolvían las buenas tardes. Hoy día ser grosero, soez, maleducado, violento, se valora como un mérito. Es lo que se premia en los concursos. Es lo que con más agrado ve la gente en los programas basura, incluso en horarios infantiles, y en el áspero espectáculo de la política. Hasta en el deporte, que debiera ser símbolo del juego limpio para los niños, se degenera cada vez más.
La tele se ha convertido en el grandioso y monstruoso espejo en que nos vemos reflejados. Y sus iconos (seudo periodistas depredadores de vidas ajenas, escoria social encerrada en una casa o dioses mundiales como Maradona) son los encargados de suplir en la enseñanza a los padres y a los profesores. Ellos constituyen el paradigma de la falta de respeto, en tanto los medios de comunicación son los encargados de expandir el eco de sus escandalosas expresiones. No me sorprendió un mensaje a pie de tele aparecido anoche: “Mi hijo pequeño me pregunta: Papá, ¿qué quiere decir a chuparla y a mamarla?”

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 18 octubre 2009)

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