Vuelva usted Mañana

En noche de luna llena

Solía repetir mi recordado astrólogo malagueño Rafael Lafuente, con quien tuve la suerte de trabajar en Prensa y hasta de debatir en grandes y periodísticas controversias, que la mayoría de la gente suele mirar al dedo cuando tú le apuntas a la Luna. Le gustaba reproducir con frecuencia, en sus magníficos y predictivos artículos, el conocido proverbio oriental y aplicarlo a la sociedad actual En realidad, el viejo proverbio dice que cuando el sabio señala la Luna el necio mira el dedo. Pero para el caso es igual. El tiempo no afecta al resultado. Siempre hubo muchísimos más necios que sabios. Y siempre los seguirá habiendo. Anteponemos lo superfluo a lo necesario, lo irrelevante a lo esencial. Y aunque la expresión la aplicaba el mago para referirse, genéricamente, a cuestiones notorias en las que distraemos la atención de lo principal y la depositamos en la idiotez, también cuando el ejemplo es real, cuando de verdad señalamos específicamente a la Luna, porque la vemos hermosa y divina flotando ahí cerca como un sol de la noche, siempre hay quien se resiste a tanta belleza y le dedica medio segundo de compromiso porque sólo alcanza a ver una prescindible anécdota en el paisaje de lo cotidiano.

De la misma manera que el hombre son muchos hombres, también la Luna son muchas lunas. La influencia lunar directa en nosotros es evidente, y no me refiero al fantástico y literario mundo de la licantropía mitológica, en el que aparecen hombres convertidos en lobos por influjos de la noche de plenilunio, sino más bien a su demostrada incidencia en los partos, cuando hay cambios de fase, y hasta, dicen, en ciertos comportamientos humanos en momentos determinados de cielos transparentes y lunas rutilantes.

Ahora mismo, en medio de esta reflexión, desdibujándose ya la tarde, me detengo y clavo los ojos, a través del ventanal, en un paisaje horizontal, absolutamente indescriptible, con franjas anaranjadas, moradas, celestes y azules. Y, justo encima de esa pintura, una luna grande descompone sus luces en mi trocito particular de Mediterráneo. Lo advirtió Oscar Wilde, no lo digo yo. No existe ningún paisaje más cursi que el que produce la propia Naturaleza.

Seguro que la Luna nos está diciendo algo. La miramos poco. Apenas miramos por ella. En mi caso, reconozco que soy un converso. Durante mi primera media vida, absorto en menesteres más prosaicos, apenas tuve en cuenta a las lunas. Hasta bien mayorcito, no supe distinguir en qué fase estaba nuestro satélite cuando lo veía colgado del cielo. Y, peor aún, me importaba un rábano si estaba creciente o menguante, como a tantos millones y millones de seres, necios o no necios, que han sido y que son. Ahora, ganado para siempre por el romanticismo de la luna lunera lorquiana, soy incapaz de aguantar muchos días sin echar un vistazo a ver cómo anda nuestro acompañante celestial.

Mi hallazgo del Camino de Damasco, mi “caída del caballo”, se produjo en noche de verano y de poniente claro de hace décadas cuando íbamos en coche desde Ceuta hasta Benzú por la ondulante carretera de la Costa norteafricana. La Luna se puso arriba, gloriosa, y su luz llenó el Estrecho. La contemplamos arrobados. Como testigo mudo, el pueblo de Tarifa, en la orilla de enfrente, dándonos señales de vida con el titilar de sus lucecitas. Tuve que aprender entonces que La Luna es mentirosa con sus posturas. Si dibuja una D, debería decirnos que está Decreciente, pero en realidad está Creciente. Y si dibuja una C entonces es que está diciendo lo contrario: que está Decreciente o Menguante.

Desde muy atrás en el tiempo, la gente sabe que la Luna provoca las mareas cuando agita los mares en sus fases de plenitud y de oscuridad y que es capaz de modificar el efecto de las siembras y las recogidas. No existían ordenadores, no había Internet, no se había inventado la imprenta, no se había creado la Nasa ni los viajes al espacio, no había instrumentales ni avances tecnológicos, pero el hombre, en la antigüedad, en la prehistoria, hacía pirámides colosales, ciudades avanzadas, obras de arte eterno, y, seguramente, toda aquella ciencia infusa le venía de mirar a los astros y de mirar a la Luna sin fijarse en el dedo que se la señalaba. También debió aprender el hombre, desde que se irguió y miró al cielo, que la Luna escondía en sus días de esplendor un mensaje de amor para todo aquel que se dignara echarle una mirada limpia. Si ves hoy a la Luna, fíjate bien en ella. Seguramente tiene un regalo para ti.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo 29 de agosto 2010)

GRACIAS, BELEN
A propósito de “En noche de luna llena“, me envía BELEN MARTINEZ un original powerpoint que, por su originalidad, por su tremenda sensibilidad, merece aparecer dentro mismo de este post. En su mensaje dice simplemente: “No reenvío powerpoint, éste me lleva a ti“.

Muchos thank you, Belén. Ahí va eso.

Un comentario to “En noche de luna llena”

  1. jose javier rivera ballesteros dice:

    Bonito articulo sobre la luna. Me viene a la memoria años atras, de pequeño, cuando había luna llena, y mi padre, malagueño él, nos decia:
    Sacaros los forros de los bolsillos, (pantalones y chaqueta) y mostrarselos a la luna, que nos traerá suerte. Esta suerte, disfrazada de dinero, nunca nos llegó, pero el recuerdo perdura aún despues de los años.

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