No hay quien pueda con los Reyes Magos y mira que llevan años intentándolo. La explicación es bien sencilla: está en juego el valor más sublime que puede tener un ser humano: la inocencia, ese don que se evapora apenas tienes noticia de las cosas. No es la religión, no es la tradición; es la ilusión que proporciona creer en la felicidad suprema, irrenunciable, la que mantiene viva la noche única de Reyes. Por mucho que la coca cola vista de rojo al papá Noel y nos lo metan hasta en la sopa, por mucho que pretendan americanizarlo todo, los Magos van a seguir reinando per secula seculorum cada cinco y cada seis de enero. Representan un algo muy especial en una noche muy especial.
A mi me salen los recuerdos de la Ceuta de mi niñez, época nada boyante, cabalgata por la Calle Real, noche de sueños inquietos y fantásticos, levantada gloriosa, juguetes sin electrónica esperándonos en el comedor, pura imaginación, magia auténtica, carreras y juegos en el Pasaje hasta rendir el día.
No es un ejercicio de falsa añoranza. Nunca he creído, ni creeré jamás, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aquel, precísamente, fue un tiempo duro para la mayoría de los españoles, así es que echarlo de menos sólo está al alcance de los pocos privilegiados que, en medio de un paisaje miserable, se beneficiaron de tenerlo todo atado y bien atado. Es únicamente la recreación de un territorio deslumbrante de la vida en el que vives un mundo (real para ti, irreal para los mayores) ajeno a la contaminación social que te rodea. Se trata quizá de un viaje relámpago a la edad inocente; una debilidad perdonable a estas alturas.
Evocando un poema que los agustinos me hicieron aprender de memoria en el colegio, quiero parafrasear una pregunta que todos deberíamos hacernos:
¿Por qué no somos los hombres de hoy aquellos niños de ayer?