Qué pena. El deporte español, que nunca como ahora había brillado tanto en todo el mundo, ha recibido otro zarpazo demoledor. La suciedad del doping ha pringado la estela de éxitos que, especialmente en este 2010, lleva en volandas a nuestros equipos, a nuestros deportistas, alentados y estimulados con premios ininterrumpidos, medallas, trofeos, copas, grandes campeonatos… Qué pena.
No voy a entrar en el análisis de los porqué, aunque, como a todo el mundo, se me ocurren muchos. Ejemplos: la incapacidad mental de ciertos deportistas que se niegan a aceptar la decadencia cuando los triunfos empiezan a menguar, o la sed insaciable de notoriedad, o la competitividad mal entendida, o la inmadurez de quienes no han crecido como personas, vete a saber los motivos intrínsecos que aloja cada uno en su mente, juvenil o escasamente madura, en momentos claves de la vida, al margen, claro, de la pésima influencia y del aprovechamiento oportunista y abyecto de los traficantes de sustancias, pegados como lapas a las víctimas más frágiles y vulnerables.
Han sido glorias vivas, pero, en unas horas, pasan de admirados héroes a villanos vilipendiados. Y quizá en ese trance amargo rebobinen la película de sus vidas y lloren amargamente el tremendo error que les llevó a falsos triunfos o a dineros fáciles.
Convertidos en juguetes rotos, no creo que lo mejor que podamos hacer con ellos es ensañarnos, por más que sus conquistas deportivas, que tanto nos ilusionaron, hayan resultado fraudulentas. En todo caso, el aliento, el estímulo, el aplauso que les hemos retirado deberíamos añadirlo a la gran mayoría de nuestros atletas, de casi todos nuestros deportistas, que trabajan incansablemente en el esfuerzo, la honestidad y el juego limpio, que tan excelentes resultados nos están deparando. Prohibido equivocarnos al confundir las excepciones con la generalidad.
En todas partes cuecen habas. Sabiendo como sabemos que nuestras malas noticias siempre hacen amistades con los enemigos, mantengamos la fe en el deporte español, que, pese a todo, vive y seguirá viviendo su época de oro. Y en cuanto a los deportistas que, presuntamente, tiraron a la basura sus posibles méritos, compadezcámoslos. Simplemente.
Pues cuando la excepción se empieza generalizar, algo marcha mal.