Cuando yo era joven, para ser alguien en la vida tenías que ir dentro de un equipo, porque el equipo lo era todo. La individualidad no contaba para nada, razón por la cual tuvieron serias dificultades tantos incipientes espíritus libres de mi generación. Si el equipo era un grupo de presión, entonces ibas en volandas, siempre y cuando tu vuelo fuera perfectamente controlado por el grupo. Me admiraba el hecho de que algunos jóvenes inteligentes se sumaran gustosos a los proyectos en los que nunca dejarían de ser soldados rasos, aunque llegaran a lucir galones o estrellas. Y no me refiero únicamente a aquellos trepas del Opus.
Había grupos, siempre hubo grupos, cuadras, en los que era posible alcanzar altas cotas de comodidad profesional sólo con seguir al pie de la letra la más tajante norma de supervivencia: no rechistar.
Al llegar a la mili nos decían a gritos que, antes de entrar, había que dejar la hombría –pongan ustedes un par de palabras más expresivas- colgada en la puerta del cuartel. Querían decir que allí dentro dejarías de ser persona para convertirte en máquina de obedecer, porque la individualidad no existía, por más que las encendidas y patrióticas arengas con que nos asustaban continuamente se adornaran de altisonantes palabras sólo aplicables al individuo como son las palabras honor y valor.
El régimen dictatorial no consentía la disensión. La reprimía brutalmente. Deseábamos que un sistema nuevo nos proporcionara la oportunidad de crecer personal o profesionalmente en función de nosotros mismos, de nuestras posibilidades, nunca de nuestras sumisiones. Y cada uno en la medida en que nos fue posible, pusimos nuestro granito de arena para hacer un país nuevo y olvidar para siempre toda aquella inmundicia. Soñábamos con decir adiós a una sociedad capada que aplastaba a la persona.
Pasaron los años, llegó la democracia, quedó atrás la juventud de tantas generaciones, pero los valores de la individualidad no alcanzaron, no han alcanzado aún, el derecho pleno a manifestarse en toda su trascendencia. Los partidos políticos, amos y señores de este Estado libre que ellos mismos han construído, son los nuevos grupos, las nuevas cuadras, los nuevos equipos, en los que es posible alcanzar cotas de comodidad siempre que se llegue a ellos, no ya ligero de equipaje, sino dispuesto a acatar sin rechistar. No quieren reconocerlo, pero, dentro, reprueban los valores de la individualidad y reprimen la voluntad de la expresión personal.
Hay ámbitos en los que la individualidad es indispensable para expresarse abiertamente y en forma libérrima: el ámbito artístico, literario, periodístico, el de ciertas profesiones liberales o creativas, pero hasta en esos reductos llega a darse la obligatoriedad del sometimiento. Las peores perspectivas las tienen, no obstante, las legiones de jóvenes, sin formación excesiva, porque la educación no ha sido el fuerte de la democracia, que aspiran a un lugar bajo el sol. Ante ellos sigue en pie la muralla infranqueable a la que tendrán que someterse si quieren sobrevivir en el mundo que les ha tocado habitar.
Con ser tan grave, la crisis que nos corroe no es sólo financiera y económica, no es sólo de desempleo a mansalva y de cierre de empresas. Es también crisis de individualismo, crisis de ideales para afrontar un proyecto personal de vida, crisis de inquietudes. Crisis de mucha juventud a la que pareciera que le han robado, o no le han permitido, o no le han concedido su derecho individual a labrar su propio futuro.
(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga”, domingo, día 19 de abril 2009)