Vuelva usted Mañana

Ellos fueron directos al corazón

Como casi todos los españoles, uno también se sintió algo apenado porque Madrid no consiguiera la Olimpíada del 2016. Sin embargo, a toro pasado y siendo muy sincero, reconozco que no estaba uno tan convencido como nos hacían ver los medios de comunicación de que íbamos a pasar por encima de los otros tres candidatos, o, para ser más precisos, por encima de Chicago y sobre todo de Rio de Janeiro.
Como siempre que se moviliza a las masas, y esto es ya una constante, un eslogan se adueñó del ambiente: corazonada. Se nos obligaba a tener la corazonada de que íbamos a ganar. ¿Por qué esa corazonada? Pues porque era la segunda vez consecutiva que Madrid presentaba su candidatura y anteriormente la habían tumbado quizá injustamente. También porque esta vez se había trabajado más, se habían unido mejor las fuerzas. Y porque un optimismo desmesurado se instaló en los organizadores del Ayuntamiento madrileño, en la Moncloa, en la Casa Real y en la masa popular predispuesta a una alegría en medio de tanta crisis económica. La corazonada tenía algún fundamento, aunque realmente una corazonada no es sino un presentimiento, o sea, algo no fundamentado en pura lógica.
El competidor número uno, y eso sí que lo sabíamos todos, era Rio de Janeiro, no Chicago, no Obama. Los argumentos de los brasileños no se basaban en corazonada, se basaban en la urgente reparación de una afrenta histórica, la de una continente, América del Sur, del que nunca se ha fiado el Comité Olímpico Internacional. Se basaba en el deseo ferviente de un pueblo dispuesto a demostrar al mundo –como ya nos ocurrió a nosotros los españoles, antes del 92- que son capaces de algo más que bailar y cantar.
Lamentando habernos quedado sin Juegos, es decir, sin una ilusión colectiva a largo plazo, hagamos honor al lema olímpico del fair play y felicitemos a Lula da Silva y a su pueblo, que se merecen sin ningún género de dudas este reconocimiento internacional.
Para mí, la diferencia sustancial entre la candidatura de Madrid –a la que hay que reconocerle todos sus méritos- y la de Rio de Janeiro es que, mientras nosotros queríamos contagiar nuestra corazonada a quienes decidían, ellos fueron directos a su corazón.

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de Gütemberg a Obama
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