Cuando los primeros ordenadores reemplazaron a las máquinas de escribir en las redacciones de los periódicos, al principio de los ochenta, se produjo una hecatombe. Los periodistas “mayores”, o sea, los de treinta años o más, se sintieron (nos sentimos) estafados. Había que manejar “comandos”, claves, números, extrañas combinaciones; no bastaba con redactar como Dios manda, que es como se había hecho siempre, sino que tenía que estar uno más pendiente del “bicho” sobre el que tecleabas que de tu propio escrito.
Un día, visitando la redacción de un diario sevillano cuya empresa me había ofrecido la dirección, tuve que consolar a un buen número de veteranos compañeros que, literalmente, lloraban ante los nuevos ordenadores al tiempo que me suplicaban mi intercesión cerca de los amos para que desistieran de instalar aquel demonio electrónico. Habían puesto en marcha un sistema integrado y estaban en la fase de entrenamiento y adaptación. Casi todos seguían escribiendo en las olivettis y sólo entraban en el ordenador cuando aparecían los jefes. Recuerdo que los más “perjudicados” eran los que llevaban algunos o muchos años trabajando como periodistas. En cambio, los cuatro ó cinco jóvenes recién licenciados se adaptaban con extrema facilidad. Alguien con oficio de la vida me decía que la cuestión estribaba en tener más o menos cosas que olvidar. Si llevabas toda tu vida dominando la sencilla máquina de escribir rechazabas mentalmente el complicado ordenador. Por eso, o mejor dicho, por lo contrario, hoy día un jovencito de quince años es capaz de volver loca a la Nasa si entra en su red electrónica. Porque esa es otra: la verdad incuestionable es que todo el proceso informático está basado en la lógica más aplastante. Una cosa te lleva a la otra. Por lo tanto, no es cuestión de experiencia; al contrario, es cuestión de entrar en el invento limpio de prejuicios.
El caso es que, por razones complejas, decliné el ofrecimiento para dirigir aquel diario sevillano, de luenga tradición andaluza. Por cierto, era la segunda vez que no aceptaba el mismo ofrecimiento del mismo diario en un espacio de pocos años, y me dio corte volver a decir que no. Pero me hice muy amigo de empresarios y redactores, a los que, pasado un tiempo, volví a visitar. Me llevé una gran sorpresa. Todos los periodistas, sin excepción, se habían vuelto fans del ordenador. Hablaban maravillas de su versatilidad, de su facilidad para insertar y eliminar frases, de la limpieza de sus escritos, de su rapidez. ¡Cómo no habían llegado antes los ordenadores!, decían admirados. ¡Las olivettis, al museo, ya!
Pero todos, también sin excepción, habían sufrido al principio del aprendizaje, y aún después, el zarpazo del bicho indómito, o sea, que, sólo por pulsar la tecla equivocada, se les había ido alguna vez al limbo informático, quiero decir a hacer puñetas, todo el texto escrito, todo el trabajo de un día. Puedo asegurar, y aseguro, que pocos cabreos son comparables al que coge un periodista (supongo que también un arquitecto o un médico o un ingeniero o cualquier currante) cuando el fruto de su esfuerzo, plasmado en un trabajo que crees haber hecho razonablemente bien, se te escurre por entre las malditas entrañas del ordenador y, de pronto, la pantalla se te queda en blanco y pierdes para siempre tu obra del día y no la puedes recuperar de ningún modo.¡Brrrr!
Esta reflexión me ha venido a propósito de la alerta mundial que se produjo ayer miércoles, uno de abril, ante el peligro de activación del virus informático Conficker, en su última versión, un microbio virtual que vuelve imbécil al ordenador. Podría atacar a millones de usuarios en todo el mundo. Y dejarles la pantallita en blanco. Y la cabeza loca.