Vuelva usted Mañana

El vuelo escalofriante del cancerbero

Crónicas Mundialistas. 6.-

Calentito aún porque hemos superado un incordio llamado Chile, no me resisto hoy a llenar mi hueco dominical en “La Opinión” con un ratito de fútbol, esa devoción mía que me hizo feliz de niño y que, de mayor, me viene dando tremendas alegrías, disgustos demoledores y un espacio periódico de tiempo concreto lleno a rebosar de sensaciones y sentimiento. Con la amable aquiescencia de mis lectores, voy a glosar, en boca de gente principal, la religión que profesamos unos cuantos millones de seres necesitados de ese especial alimento espiritual que no encontramos en otros ámbitos de la vida. Y, además, para compensar la oleada de antipatía y mala prensa que se está gestando, voy a reproducir unas pocas, sólo unas pocas, de las mejores referencias. “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. No, tranquilos, no soy yo el autor de esta contundente frase. Qué más quisiera. La pronunció Albert Camus, Premio Nobel de Literatura, uno de los escritores más lúcidos del siglo XX, autor, entre otras, de novelas célebres como “La Peste” y “El extranjero”. Camus justificaba su moral como nacida del teatro y del fútbol, que había practicado de niño. Era, decía, su universidad personal, la que le había enseñado los valores del esfuerzo compartido y el sentimiento de pertenencia. También Cela, la antítesis de Camús, jugó a la pelota y dejó escritos “Once cuentos de fútbol”, un sinfín de artículos y unos versos en los que expresó su patriotismo (“Viaje a USA”), recurriendo, añorante, a su Celtiña vigués.
Mario Benedetti escribió un breve poema admirativo y de reconocimiento a Maradona (“Hoy Tu Tiempo es Real”) cuando éste empezaba a arrastrar su gloria. Rafael Alberti dedicó una heroica oda a Platko, portero húngaro del Barcelona, quien, tras recibir un fuerte golpe en la cabeza (en una final de Copa Barcelona – Real Sociedad, disputada en Santander, 20 de mayo, 1928), continuó en el juego hasta el final con un aparatoso vendaje y una sobresaliente actuación. El trabajo se titulaba: “Al gran oso rubio de Hungría” y fue dedicado por el autor gaditano al delantero azulgrana Samitier, autor del gol que dio el título a su equipo. En la celebración coincidieron aquella noche Alberti, su homenajeado Platko, el mítico Samitier, el cantante argentino Carlos Gardel y el escritor José María de Cossío. Otro poeta muy nuestro, Miguel Hernández, más humilde pero muy grande, se acordó también de un portero, Manolo, y le dedicó su “Elegía al guardameta”. Esta vez, el guardameta no era de Primera División sino del modesto Orihuela y no fue el canto a un héroe vivo sino a un héroe muerto tras una trágica estirada que terminó en un choque mortal contra un palo de la portería. La descripción que hace Miguel Hernández del vuelo del cancerbero es, de tan escalofriante, sencillamente portentosa.
Mario Vargas Llosa se acerca al fútbol, del que nunca estuvo lejos porque lo mamó de pequeño, y escribe crónicas periodísticas de partidos y hace críticas apasionadas. Eduardo Galeano se dirige poéticamente al árbitro, diana de todas las iras futbolísticas. Llega a decir: “Durante más de un siglo el árbitro se vistió de luto. ¿Por qué? Por él. Ahora disimula con colores”. Ernesto Sábato, Gunter Grass, Claudio Bertoni, también se ocuparon de escribir y opinar del fútbol. Y contra él, Borges. Y de cantarlo, Serrat. Y de hacer un himno (el del Atético de Madrid), Joaquin Sabina. Se hizo el año pasado una antología a la que se llamó “Poesía a patadas” con nombres sonoros de la literatura y las artes.
Algunos políticos suelen usar también el fútbol para acercarse al electorado. Nunca sabremos si son aficionados auténticos o simples aprovechados u oportunistas, explicación ésta última de la que estamos todos más cerca. No obstante, algún estadista como Winston Churchill, el conservador británico que ganó la gran guerra y perdió las elecciones, usó el fútbol como un escalpelo para clavarlo en el corazón de sus enemigos fascistas: “Los italianos pierden las guerras como si fueran partidos de fútbol y pierden los partidos de fútbol como si fueran guerras”. (Hoy, esa frase cobra especial actualidad, por la humillación sin precedentes que acaba de sufrir la vanidosa Italia en el Mundial de Sudáfrica.) Muammar El Gadafi, en cambio, despotrica del futbol, quizá porque no ha logrado una selección que reste rudeza a su imagen ante el mundo. Y va y suelta lo de siempre: “Los aficionados al fútbol y a los deportes son completamente idiotas, hasta el punto de que llevan a los campos de juego todas sus frustraciones e incapacidades. Son gente fracasada, desperdiciada.” Es una opinión a tener en cuenta, como todas, y la saco a colación para los antifutboleros. Gadafi está convencido de que las frustraciones, las incapacidades, los fracasos no hay que volatilizarlos en la euforia del deporte, sino que hay que pechar con ellos. No me extraña nada que sea tan raro este hombre.

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