El turismo, panacea económica de las zonas en las que se deja caer, es también un bálsamo de fierabrás que, además de sanar los males y dolencias del cuerpo social, revitaliza el ánimo y fortalece el espíritu de sus maximos “valedores”, protegiéndolos de fracasos y maledicencias. En qué buena hora se inventó el turismo, que no es sino la representación moderna, incruenta, de las tradicionales e históricas invasiones de los pueblos. Ya no vienen con lanzas y espadas, ahora arriban pacíficamente, armados con pequeñas cámaras de vídeo. No arrasan, no arramblan con todo. Al contrario, pasean tranquilamente entre nosotros, se alojan, disfrutan de la buena temperatura, de monumentos y playas, compran cosas, dejan dinerito. Y hasta muchos de estos inofensivos invasores terminan quedándose para siempre, gastando aqui sus pagas o sus rentas.
Es la industria de la paz, decimos muy convencidos; la industria amable sin fronteras que entrelaza culturas y tradiciones, que propicia encuentros de lenguas y de artes. Y que, además, resulta ser un negocio floreciente que da de comer, directa e indirectamente, a pueblos, ciudades y zonas enteras en los que aumentan sin cesar la calidad y la cantidad de vida.
Así es que todo el mundo pide su pedacito de tarta turística, ningún lugar con mínima auto estima quiere dejar de ser invadido tan ricamente. Ocurre, sin embargo, que los milagros de esta poción mágica llamada turismo se producen por fatalismos caprichosos. Surgen en lugares insospechados cuando menos se espera o cuando más falta hacen, se desarrollan con fuerza y con imaginación, con agilidad –generalmente por el esfuerzo de la gente sencilla que trabaja, invierte y promociona-, y cuando logran convertirse en grandes “destinos”, todo se trastoca de pronto, todo se transforma. Aparecen, a partir de ahí, las veleidades de la política, los protagonismos personales, las vanidades, la celtibérica burocracia. En fin, los milagros dejan de ser divinos, los esfuerzos se minimizan, las medallas vuelan y los egos se hinchan. Es un proceso irremediable como puedan serlo las gripes, pero mucho más duradero y contagioso que las gripes.
La presencia masiva de turistas con los bolsillos llenos es una apetencia generalizada porque supone un chorro de oxígeno puro en las economías locales. Pero las opciones son cada vez más numerosas. En todo el planeta surgen nuevos alicientes para viajeros curiosos, la competencia es cada día más feroz; los métodos de captación se renuevan. Ya no basta con exhibir los productos en las grandes ferias internacionales que tiempo ha dejaron de ser mercados eficaces para devenir en escaparates de vanaglorias y fatuidades. Cuesta mucho tiempo y mucho trabajo ganar la voluntad de nuevos turistas, pero resulta muy fácil y muy rápido perderlos para siempre. La eficiente gestión de profesionales y técnicos se anula con frecuencia por la oficiosidad e insensatez de mandamases que, sabiendo sólo un poquito, resultan más perniciosos que quienes no saben nada.
Sé de una ciudad que, ajena al milagro económico del turismo, despreciativa con lo foráneo, amante de la más empobrecedora introspección, perseguidora de los fantasmas de su mala suerte, vivió largas etapas de ostracismo hasta que un buen día se desperezó y comprendió que tenía que abrir sus puertas al nuevo siglo. Hoy esa ciudad cuenta con las mejores y más modernas infraestructuras de acceso, por tierra, mar y aire, con nuevas instalaciones, equipamientos, planta hotelera. Así es que, descubierta la fe, tras la caída del caballo, pretende sumarse a la privilegiada nómina de lugares de bienestar, pero la reacción está resultando traumática, no hay costumbre de hacer bien las cosas, y anda confusa y dividida en sus gestos y en sus acciones. Quizá ignore, por falta de práctica, que el turismo tiene sus exigencias. Te da mucho pero te pide compromiso y seriedad. Han empezado las oleadas de turistas por las calles, pero no siempre lo que encuentran les resulta grato. Algo fundamental para que la gente vuelva es que se lleve buenos recuerdos: de la gastronomía, de los lugareños, del paisaje.
No debería olvidarse que, pese al refrán del buen paño, la más eficaz de las promociones turísticas es la que se hace a pie de obra, atendiendo amablemente al visitante, sonriéndole, dándole bien de comer, proporcionándole tranquilidad, dejándole administrar libremente su ocio, no abusando de los precios, no alterándole con ruidos inciviles, no asqueándole con céntricas inmundicias. No considerándole, en fin, como una especie de molestia pasajera.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 22 noviembre 2009)
Me encanta verte tan lúcido y prolífico, un lujo en los días que corren en el mundo del periodismo. Como siempre un placer leerte.
ahhh, para tu información, a base de constancia mis amigos catalanes me han hecho del barça. tras esto descubrí que mi mujer ya lo era.
un abrazo