Cuando Suárez legalizó por sorpresa el Partido Comunista aquel Sábado Santo de1977, los que hoy le glorifican pusieron el grito en el cielo. Recuerdo los gestos de pesar y de rabia de un amigo y compañero, sevillano y de derechas, a quien la impactante noticia le sorprendió de visita en mi despacho de director del periódico. Realmente enojado, enrabietado, pronosticó que los rojos volverían a quemar las iglesias, como habían hecho en 1931, y que adiós para siempre a la Semana Santa. Tiempos aquellos de odios y recelos reverdecidos. Lo mínimo que mi amigo le decía a Suárez era traidor. Hoy a Suárez lo quieren y lo enaltecen los que antes lo puteaban. Igual sucedió con Picasso, señalado como comunista, que, ninguneado y prohibido en su propia Málaga natal, en la que se renegaba de él cuando aún estaba vivo, hoy es elevado a los altares mediáticos por los mismos que entonces lo silenciaban. Como todo el mundo sabe, tras el famoso “Sábado Santo Rojo” no pasó nada especial. La vida siguió con los mismos vértigos políticos de la transición y sin ningún vértigo añadido. Dos años después, cuando los socialistas ganaron la alcaldía malagueña, tras las primeras elecciones municipales, otra vez los recalcitrantes pensaron que se acabarían las procesiones. Y no sólo no se acabaron las procesiones sino que se fortalecieron, y hasta, si me apuran, faltó el canto de un duro para que los socialistas desfilaran bajo palio. Fue a partir de entonces que los desfiles procesionales comenzaron su nueva época de esplendor. A numerosísimos rojos reconocidos se les sigue viendo hoy día muy felices y sonrientes portando los tronos, porque, como bien dicen ellos mismos, qué tiene que ver el tocino con la velocidad…
La Semana Santa está fuertemente enraizada, es poderosa y firme y soporta toda clase de adversidades, excepto la meteorológica, y su capacidad de convocatoria incluye a una muy amplia y diversa tipología social: creyentes, intelectuales, zangolotinos, meapilas, descreídos, militares sin graduación (y con ella), izquierdas, derechas, alante y atrás. Además, claro, del personal y del empresariado de hostelería que, en número considerable, trabaja y se beneficia de una festividad en la que la gente gasta bastante dinerillo en bares y restaurantes. No hay más que ver cómo, en llegando estas fechas, nuestras miradas se dirigen al cielo, no para elevar plegarias sino simplemente para ver si la lluvia nos va a fastidiar estas noches de ajetreo por las calles del centro. El mal tiempo es el peor de los enemigos de las cofradías y la única fuerza capaz de impedir a los tronos itinerar por la Alameda. Y si no hay procesiones, mala cosa, puesto que se resiente todo el tinglado.
Pero también la Semana Santa es un pretexto festivo para unas mini vacaciones de las llamadas “puente”. Y también en este caso la climatología es clave. En las zonas donde la economía se basa en el turismo, como es el caso de Andalucía en general y de la Costa del Sol en particular, solemos adorar al dios Sol. Es decir que si hay sol, tendremos los hoteles a rebosar y se llenarán de “guiris” las playas, suponiendo que quienes tienen la obligación de regenerarlas o preocuparse porque se regeneren, tras los destrozos producidos por los embates de los últimos temporales, no estén distraídos en politiqueos y medalleos varios.
La Semana Santa provoca emociones y genera riqueza económica, pero debemos diferenciar entre ambos conceptos. Del turismo, que va por libre y que tiene el riesgo de otras competencias, debemos preocuparnos seriamente. La crisis sigue y hay que ser más imaginativos que nunca. En cuanto a las procesiones y a su ritual multitudinario, no hay por qué preocuparse. Se mantienen por retroalimentación. El pueblo las sostiene y las autoridades las bendicen. La religión, en Semana Santa, tiene unas concomitancias muy especiales. Los templos se vacían y las avenidas se llenan. Los cánticos guerreros de los legionarios electrizan al gentío mientras el sonido estremecedor de una campana pone en macha un trono engalanado. Llegan a darse casos de fanatismos como en el fútbol. Tengo una anécdota, auténtica, de dos queridos compañeros del “Sol de España”, Antonio Robles y Manolo Fuentes, malagueños hasta el tuétano los dos, que cada año discutían a grito pelado en los talleres defendiendo cada uno a su Cristo. En una ocasión, uno de ellos, indignado, tenso y fuera de sí, espetó al otro: “¿Sabes lo que te digo? ¡que el Cautivo tiene más cojones que El Rico!” Y se quedó tan pancho.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 28 marzo 2010)