En el mundo del fútbol, que yo amo, han proliferado de toda la vida personajes y personajillos, gente inteligente y zotes genuinos, espabilados y tontos de la baba. Mil especies conviven desde hace más de cien años en ese zoo humano multiétnico y competitivo: estrambóticos con iracundos, egotistas con pusilánimes, sicóticos con buena gente, artistas con rompetibias… Hay virtuosos, genios, trotones, estrategas… Y Caparrós.
Siempre ha sido así. Siempre el fútbol ha tenido dos caras: la que se ofrece al espectador, en el campo y a través de la tele, y la que se oculta en el terreno de juego y en los vestuarios. Dos mundos muy distintos, en uno de los cuales, el más oscuro, chocan los egos y coinciden las ambiciones. Donde todo parece verdad todo es mentira, aunque se intenten guardar las formas para no acabar con la gallinita de los huevos de oro.
El fútbol lo componen clubs, jugadores, entrenadores, árbitros, directivos, periodistas y aficionados. Cada categoría se subdivide, a su vez, en buenos, malos y peores. Y, en su conjunto, todos ellos conforman un ámbito de resonancias mundiales porque los materiales de los que están hechos son los sueños. Sentimientos. Emociones. Tribalismo. Religión.
Es fácil, dentro de este olimpo de vanidades y de negocios, que triunfen los más prepotentes, los más ambiciosos, los más poderosos y hasta algunos memos. Así fue siempre y así ha sido hasta ahora. Las masas siguen solo a los ganadores. Y los ganadores suelen ser chulos y mal encarados.
Pero de pronto ha irrumpido en el panorama nacional un grupito de gente normal que ha impuesto sencillez, plasticidad, honestidad, ética y respeto profundo a quienes hacen posible el negocio (sin crisis) de los millones. Son los llamados “bajitos”, aunque algunos de ellos sobrepasen la talla europea, quienes, en una sucesión sin precedentes, han ganado, título a título y en tiempo record, Champions League, Ligas, Copas, Campeonato de Europa y Campeonato del Mundo. Llegaron desde las bases, sin ínfulas, sin bravatas, sin petulancia, sin fanfarronería, dispuestos a darle un cambio radical al circo en el que los payasos y los más tontos se habían hecho los amos absoluto de la pista, desechando a los verdaderos artistas del trapecio, a los buenos malabaristas, a los titiriteros del arte.
Y son admirados en todo el orbe porque representan un nuevo concepto de fútbol: más brillante, más espectacular, más eficaz, más limpio, más solidario. Sus triunfos son justos y merecidos. Y reconocidos sin titubeos. Estos “bajitos” huyen de la arrogancia, del exhibicionismo personal, de las modas, de los piercings, de las crestas, de los modelitos. Se dedican a bordar el fútbol, a hacerlo fácil, estético, a hacer feliz a la gente a la que de verdad le gusta el fútbol. Incluso a la que no le gusta. Son los mejores ejemplos que puedan tener jamás los niños. Esta “gente normal” ha recuperado la alegría del “jogo bonito” alejando de su sistema el antipático anti fútbol de las odiosas murallas defensivas. Como no podía ser de otra forma, España entera se ha rendido a ellos premiándoles por haber puesto letras de oro a la historia de nuestro fútbol y una estrellita brillante en las camisetas, y por ser como son: personas normales, deportistas geniales, gente modesta, decente. Gente con vergüenza.
Y en el centro de esa admirable generación de artistas nobles, fieles al fair play, representándolos a todos, emerge la figura gigante de un muchacho albaceteño llamado Andrés Iniesta. Nunca existió futbolista tan brillante que sobresaliera, al mismo tiempo, por sus inmensas cualidades humanas de persona sencilla y humilde.
La afición española ha decidido reconocer, en la figura de Andrés Iniesta, el mérito de todos los integrantes de esa generación de “bajitos” que nos subió a la gloria el pasado once de julio. Así, cada vez que Iniesta sale de un estadio, el público se pone en pie y le aplaude unánimemente. Da igual de qué color sea la grada. Y de qué color vista Iniesta. Se premia el pundonor, el coraje, la honradez y el gol que nos subió al cielo. Pero…
Pero apareció Caparrós, un entrenador sevillista devenido en vasco converso, y despreció la brutal entrada que le hicieron a Iniesta en San Mamés. Y para justificar su injustificable peloteo a sus cuarenta mil aficionados, afirmó que estos habían pitado al jugador cuando salía del terreno de juego y que eso quería decir algo. Pero no se atrevió a decir claramente qué quería decir la “sabia” afición, según la califica él. Seguramente, quiso decir que, para ser ovacionado, tendría Iniesta que haber sido trasladado al hospital con la pierna rota. Su agilidad y su gesto instintivo evitando el impacto fueron considerados un delito de lesa afición. De lesa “sabia” afición. La irracionalidad, el partidismo, la impotencia de la derrota, pudieron más que la enorme dignidad de reconocer los méritos de un chaval que juega al fútbol como los ángeles y que, de no ser por su hábil movimiento, estaría ahora escayolado no sabemos por cuánto tiempo.
Espero que, por el bien de nuestro fútbol, la saga de los “bajitos”, y sobre todo la estela de sus hazañas, borre del mapa de la actualidad futbolística a personajes como este sevillista devenido en fervoroso vascuence. Y, de paso que también difumine con el tiempo el borrón de una afición que debiera recomponer sus méritos para ser considerada “sabia”.
Amén. “En la mesa y en el juego se conoce al caballero.”