Vuelva usted Mañana

El Señor del Monóculo

Desde Arsenio Lupin nunca había visto a nadie con monóculo. Lo conocí en los setenta. Se llama Enrique Van Dulken Muntadas, es de origen holandés y más malagueño que la farola, alto y muy delgado. Aquel día llevaba el uniforme de aristócrata: blazier azul intenso, pantalón gris, camisa blanca, corbata roja, rubiasco, sonrisa debajo de un bigote de cine y simpatía y educación de muchos quilates. ¡Ah! Y un monóculo que era el detalle que, en realidad, le daba un toque de distinción, originalidad y elegancia y el que nos sedujo desde el primer momento que le vimos. A los compañeros de “Sol de España” y a mí nos pareció, por qué no decirlo, algo estirado en algunas poses. Pasado algún tiempo, cuando fui tratándole más de cerca, descubrí que en menesteres pecuniarios no lo es tanto. Su gran generosidad va por otro lado y ha discurrido siempre por senderos intelectuales menos prosaicos, infinitamente más elevados. Aquella primera visita a nuestra redacción en Marbella era para conocer las instalaciones del periódico que él estaba dispuesto a que se asentara en Málaga, objetivo que, gracias a una genial y muy astuta jugada de Luis Merino Bayona, vio cumplido hasta el punto de ser nombrado presidente del Consejo de Administración de “Sol de España”.

Para mi, Enrique Van Dulken es la persona que más ideas, iniciativas y creatividad ha aportado a Málaga desde que lo conozco a él y desde que conozco a Málaga. Cierto es también que no se le ha hecho el caso que se debía a sus propuestas. Ayudó a trasladar a la capital, para que fuera su sede definitiva, al diario “Sol de España”, porque pensaba que había que romper el pensamiento único, paralizante y aburridísimo del régimen y que el periódico representaba una plataforma de impulso y de ideas para llevar a la ciudad al siglo XXI con algunas garantías vanguardistas. En medio de una apatía generalizada (seña de identidad de la Málaga del siglo XX y principios del XXI) fue el primero en pedir el AVE para Málaga. Sus ideas han fluido sin cesar para hacer de “su” tierra una ciudad de permanente progreso turístico e industrial. Dio los pasos iniciales para que el gran Frank Gheri viniera a plantarnos un icono que diera imagen universal a Málaga, como había hecho con Bilbao. Ahora pienso que debió sufrir mucho cuando los anfitriones despreciaron olímpicamente al genial arquitecto que se fue descorazonado por la cutrez que percibió. Soñó con un super puerto. Con una Málaga avanzada. Pero me temo mucho que ha estado siempre más solo que la luna en su cruzada de progreso. Ha sido una figura admirada, admirable. Sin embargo, los poderes públicos, tan atentos a la lucha política y tan distraídos con los grandes proyectos transformadores, jamás siguieron sus iniciativas como se merecían.

Ahora, a la altura de sus noventa y tantos años, se acuerdan de él y le premian con un homenaje conjunto del Cuerpo Consular y de la Asociación para el Estudio y Desarrollo Integral de Málaga, Aesdima (su gran invento) y en fecha próxima el Ayuntamiento malagueño le entregará la Medalla de la Ciudad.
(Pues ya que hablamos de reconocimientos, me viene al recuerdo una graciosa disección que el astrólogo Rafael Lafuente, otro malagueño de altura, pero de dimensión distinta, hacía en “Sol de España” de la palabra homenaje. Sostenía Lafuente que los homenajes suelen hacerse en torno a una mesa, a una comida. Por lo tanto, según él, se deberían llamar “homesajes” y no homenajes. Los ofertantes serían “homesajodantes” y los agraciados “homesajodados”. ¿O, tal vez, “homesajodidos?”. No se puede negar que estas definiciones son acordes con la fonética de la palabra diseccionada. Es sólo un paréntesis de humor en un tema serio. Perdón.)

Un dia supe que familia de Van Dulken era la propietaria del Monasterio de Piedra y supuse que algo habrá tenido que ver ello en los cuidados y promoción de aquel trozo privilegiado de naturaleza y de monumentos aragoneses. De haber existido cuatro ó cinco idealistas de la talla de Enrique Van Dulken, o simplemente con que le hubieran hecho caso a un cincuenta por ciento, otro galllo le cantaría ahora a Málaga.

Qué cosa tan sabia y recomendable homenajear a las personas valiosas cuando éstas viven y pueden sentir de cerca el aprecio y el cariño de los demás. Aunque sea a los noventa y tres años.

Desde estas líneas felicito a mi antiguo “Presi” y me uno, modestamente, al reconocimiento que le debe toda Málaga y su Costa del Sol. Yo siempre me refiero a él como El Señor del Monóculo. Pero, en realidad, habría que llamarle con toda propiedad El Último Romántico Malagueño.

(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga”, domingo, 6 marzo 2011.)

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