La noticia de los dineros que gana el Rey y la sospecha de la congelación del salario mínimo nos llegaron al mismo tiempo el miércoles pasado. Lo de la dotación económica estatal a la Casa Real lo esperábamos. En realidad, llevábamos esperándolo treinta y tantos años. Después de lo de sucedido con Urdangarín nos habían prometido transparencia sobre los sueldos de La Zarzuela. Pero lo del pobre asalariado al que no le van a subir ni un céntimo, esa desgracia no la teníamos prevista tan pronto, aunque es cierto que tampoco nos sorprendió. Luego llegó el primer consejo de ministros del nuevo gobierno y lo primero que hizo fue convertir en realidad la triste noticia de que el salario mínimo se congelaba por vez primera desde que se creó en 1980. No supe en ese momento si debía escribir de lo que le cuesta al Estado su Jefe o, por el contrario, de lo poco que cobra, mejor dicho que no cobra, un trabajador sin cualificar. Así es que decidí escribir de los dos sucesos informativos, tan próximos, tan distantes, tan dispares, tan discutibles.
No es necesario que compare aqui las cantidades que cobran, por un lado, el Rey de España, y, por otro, los trabajadores españoles menos considerados y peor pagados. Además, como no hemos perdido la costumbre de convertir los euros en pesetas, las distancias se hacen abismales. Mil pesetas nos sigue pareciendo una cantidad respetable, pero seis euros actualmente no es nada, Si estableciera, pues, esas diferencias –que, sin embargo, todos los medios de comunicación se han encargado ya de airear una y otra vez- habría gente que me acusaría de demagogia barata y de republicanismo compulsivo. Lejos de mi tamañas exageraciones. He dicho mil veces que, a título personal, Juan Carlos I me cae bien. Y no lo voy a repetir.
Sólo pretendo, dejando a un lado la figura del Jefe de Estado, establecer la premisa de que los pobres son los que pagan siempre los platos que rompen los ricos. Me refiero, como ustedes comprenderán, a que la crisis económica la crearon unos tiburones de Wall Street, pero ellos no la sufrieron ni la sufren. Siguen mandando, aconsejando, cobrando, y, encima, ahora se les encarga que arreglen las finanzas, paguen a los mercados y aprieten más el cinturón a quienes dependen del sueldo, da igual que el sueldo sea regular, malo o miserable.
Si no fuera tan dañino resultaría admirable el modo en que tienen montado el tinglado, quiero decir el sistema. Nunca se perjudican los amos de la pasta. Al contrario, cualquier ocasión es buena, incluyendo las ocasiones críticas sociales, para engordar un poco más la buchaca. Guste más o guste menos, creo que estoy diciendo lo que muchísima gente piensa y no dice.
El huracán de la crisis está dejando sin casa y con deudas imposibles de pagar a decenas de miles de humildes familias españolas que se hipotecaron en tiempos engañosos. Pero, además, la crisis ha dejado sin trabajo a casi cinco millones de trabajadores, que pronto superarán esa cifra. Y, además, ha roto empresas, ilusiones, proyectos. Ha teñido de desengaño, de tristeza, de pesimismo, a gente corriente que no tiene culpa de que los especuladores especulen y los gobiernos cedan. Está dando un portazo a la cultura, a la imaginación, al poder creativo. Pero es que quienes provocaron o ayudaron a provocar esta situación pretenden ahora que asumamos la crisis como si la hubiéramos originado nosotros; que nos adaptemos a ella, que nos esforcemos a tope. El silencio de los corderos. Pareciera increible, pero es cierto, que anteponen los mercados a los ciudadanos. Ahorrar. No gastar. Despedir. No contratar. ¿Nadie va a promover el crecimiento económico?
No sé si estas reflexiones vienen a cuento a propósito de la dotación económica de la Casa Real y de la congelación del salario mínimo. Estamos en fiestas navideñas y al filo del año nuevo y no deberíamos, lo sé, inclinarnos al desaliento. Dicen que nos esperan tiempos más difíciles, así es que tendríamos que poner buena cara en lugar de lamentarnos. Pero es imposible sustraerse al derecho al pataleo que nos asiste. Mi deseo sano en estas fechas: que los dioses de la economía sean más propicios y benévolos con el pueblo llano. Y que los otros dioses iluminen a quienes nos guían. Feliz año a todos.
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(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga“, sábado 31 diciembre 2011)