Vuelva usted Mañana

El recuerdo imborrable de un día de Sant Jordi

Hubo un tiempo muy juvenil en que viví familiarmente en Cataluña, a media hora de aquella Barcelona pujante y laboriosa que atraía a tanta gente extraviada y sin futuro del Sur. Así es que sentí pronto en mi vida la emoción de recibir el regalo más delicado y fino que la gente culta ha inventado: un libro. La costumbre de los catalanes el día de su patrón, Sant Jordi –que fue ayer, día 23 de abril-, es que el hombre regala una rosa a la mujer y ésta un libro al hombre, aunque hoy tendría que ser al revés, porque las mujeres, en general, leen más que nosotros. Bueno, eso lo sabe ya todo el mundo, pero por aquel entonces para mí, tierno infante, fue un formidable hallazgo. (En la Rambla de las Flores, además, como para olvidarlo.) Eran tiempos difíciles para todo, también para la lectura. El pequeño gran hermano podía sospechar de quienes compraban, y leían, libros. Qué gente tan peligrosa la gente instruida, mucho mejor los puños que las palabras.
Pasa el tiempo. Y cuando el ejército del pueblo alcanza sus últimos objetivos civiles, parece que termina, al fin, la guerra del cuasi analfabetismo. Empieza en esos momentos la esperanza cultural de la democracia, pero, súbitamente, aparece Internet, que es el más grandioso y revolucionario de los inventos, y a partir de ahí el placer de leer un libro, en su formato impreso tradicional, se convierte en la inquietud de su posible desaparición.
Los talibanes de la virtualidad quieren quemar a toda leche la galaxia tangible del alemán en favor de la galaxia intangible del canadiense, pero aún tienen faena para conseguirlo. He ahí algún dato, extraído de un ensayo –“Los demasiados libros”- del escritor y poeta mexicano Gabriel Zaid:
“En el primer siglo de la imprenta (1450 – 1550) se publicaron unos 35.000 títulos; en el último medio siglo (1950 – 2000) mil veces más: unos 36 millones. La humanidad publica un libro cada medio minuto (…) Si uno leyera un libro diario, estaría dejando de leer cuatro mil, publicados el mismo día. Es decir, sus libros no leídos aumentarían cuatro mil veces más que sus libros leídos. Su incultura, cuatro mil veces más que su cultura. El número de películas producidas en el mundo no es ni el 1% de los títulos editoriales publicados.”
También afirma Zaid, de forma contundente, que la televisión no acaba con el libro:
“Después de la televisión, la población crece al 1,8 % anual (en vez de al 0,3 en el milenio anterior) y la publicación de libros al 2,8 % (en vez de al 1,6% anterior)”.
Aporto estos datos más que nada para darme ánimos a mí mismo, ante la perspectiva de decir adiós al placer de la lectura en su cómoda forma tradicional. A ver si me explico. Lo que tendremos entre las manos será un monstruito capaz de almacenar una biblioteca entera, con millares de títulos, un ingenio que simula ser un libro pero que, en realidad, es una máquina diabólica.
O tal vez los libros electrónicos sean una triquiñuela de los editores, que son gente lista y que saben muy bien que cuando no puedes con tu enemigo lo que tienes que hacer es unirte a él.
En cualquier caso, ahora dedico más tiempo a ver las estanterías de libros y a acariciar sus tapas. Y aguardo esperanzado a que, por lo menos, no adulteren también las rosas…

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