Vuelva usted Mañana

El periodista demócrata indignado

Cuando decidió ser periodista tuvo que enfrentarse a toda su familia, que llevaba dieciocho años reservándole el honor de estudiar la misma carrera que había estudiado papá, el abuelo, y el tío Juan, pero él se empeñó en romper bruscamente la vocación de la saga y eligió un destino incierto. A partir de ahí, todo fue una guerra sin cuartel que terminó empatando –no ganando- por dos razones humanitarias: la primera, porque no estimaron correcto tirarlo por la ventana. Y la segunda, porque consideraron de mal gusto arrojarlo por las escaleras del precioso ático en que vivía hasta que se independizó.

Siempre reconoció que tuvo serias dudas antes de ir a la Facultad, incluso ya dentro de la Universidad. Había oído y leído todos los tópicos que se han dicho y escrito contra la profesión. “No digas a mamá que soy periodista. Ella cree que trabajo en un prostíbulo”. Y otras frases desmoralizantes: “Es un bonito trayecto siempre que te apees a tiempo”. Los antecedentes tampoco eran para entusiasmar: En un tiempo muy pasado -leyó un día en un libro que le impactó- los redactores de periódicos artesanales malagueños llevaban bolsillos de hule a los cócteles y fiestas para llevarse a casa las croquetas y los canapés sin mancharse sus raídos trajes. “Señor Marqués, los periodistas. Que pasen y que coman”. Sin embargo, la lectura de aquel libro fue determinante para disipar todas sus incertidumbres.

Era un libro sobre Periodismo que un profesor les recomendó para que lo comentaran. El pretencioso autor, que visitó las aulas para darles una charla, contaba algunas historias vividas y les convenció de que nada se puede contra el Destino. En el libro se reproducía un diálogo de la película “The front page” (“Primera Plana”), dirigida por Billy Wilder, el dios de Fernando Trueba. En la cotidianeidad de un periódico sensacionalista americano, de los años treinta, Walter Matthau, un cínico director sin escrúpulos, le decía a la angustiada novia (Susan Sarandon) de su mejor reportero (Jack Lemmon): “Cásese con un enterrador o con un verdugo, con quien sea, menos con un periodista”. A lo que ella respondía sin mucha convicción. “Pero es que Hildy (Jack Lemmon) va a dejar el periodismo y se va a dedicar a la publicidad…” La respuesta del desaprensivo editor era entonces definitiva: “No se pueden quitar las manchas a un leopardo ni enganchar un caballo de carreras a un carro de la basura”.

Si a un periodista no le gusta su oficio no hay que exigirle, hay que compadecerle. Fue una de las advertencias que le impactaron del creído autor del libro. Y otra: “Decía el Dr. Flórez Tascón que la noticia provoca en los periodistas trastornos sexuales, neurosis cardíacas, angustia y problemas digestivos.” Y que es causa de divorcio. Y otra más: “El Periodismo es un bonito viaje aunque no te lleve a ninguna parte”. Y ahí se embarcó ya en una profesión que le envolvería para siempre, por más que le costara dios y ayuda conseguir su primer trabajo.

Demócrata convencido, por herencia y práctica familiar, y advertido de que la independencia, la honestidad, la credibilidad de un periodista chocan frontalmente, cada vez más, con los intereses empresariales de su medio de comunicación, aprendió a sobrevivir en un conflicto diario de intereses. Participó de éxitos y de íntimas satisfacciones por el puro placer del trabajo bien hecho. Sufrió la incomprensión de quienes sólo aceptan elogios, tocó varios palos (géneros) y en todos funcionó. Viajó feliz por la realidad y la virtualidad y conoció culturas y gentes interesantes. Hasta logró capear la crisis salvando su puesto por brillantez y entrega profesional. Entonces apareció el 15 M, con el que se solidarizó fervorosamente.

También los periodistas, pensó, andamos sobrados de motivos para reivindicar los valores que se están perdiendo. Y, sin pensárselo, puso su pluma al servicio de los indignados. Defendió el derecho ciudadano a participar en una democracia directa, con listas abiertas; pidió una nueva Ley Electoral, mejores condiciones laborales, nuevas políticas financieras y sociales que contrarrestaran el poder letal de los amos del dinero; exigió el fin de la epidemia galopante del desempleo. Pero se encontró con tres hechos nuevos que le indignaron más aún: Uno, las barrabasadas de los violentos y delincuentes que se colaron entre los pacíficos acampados. Dos, que los banqueros se subieran el sueldo un 36 por ciento. Y tres, que los indignados echaran la culpa a la prensa española de sus indefiniciones y de su deteriorada imagen.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 19 junio 2011.)

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