Vuelva usted Mañana

El Periodismo como espectáculo

En un tiempo el rigor y la seriedad fueron valores esenciales del periodismo. Los medios se valoraban en función de su credibilidad, con independencia de su tendencia política. A un lado, la prensa seria, al otro, las revistas del cuore (en nuestro país) y los tabloides cachondos, amarillos, mentirosos, divertidos, en los países anglosajones ¿Cómo se hacían creíbles los rotativos en medio de la fanfarria y los escándalos del sensacionalismo? Muy fácil, o quizá no tan fácil: estableciendo de manera bien visible y escrupulosa la división entre los datos (la noticia en sí) y las opiniones; separando y ubicando adecuadamente el artículo editorial de fondo (lo que piensa el propio medio) de la información pura. A eso se le llamaba simplemente periodismo. La noticia bien hecha, bien contada, sin contaminación; el sentir del periódico o de los columnistas, expresados libremente. Hoy, cuando tanto se debiera echar de menos este método profesional, encomiable, no basta con llamarle periodismo, sino que le llamamos periodismo serio.

Sabemos muy bien, porque lo padecemos a diario, en qué consiste el basureo informativo, la falta de profesionalidad, la progresiva prostitución de una profesión que siempre fue digna, la degeneración de un oficio a cuyo estudio universitario dedican miles de jóvenes los años más decisivos de su vida, en la mayoría de los casos con una sana esperanza de porvenir y de realización personal. Echemos un vistazo a algunos ejemplos de la negación periodística:

No debería ser periodismo serio permitir a los políticos que inventen, que mientan, que tergiversen, y no censurárselo críticamente.

No es periodismo serio claudicar ante cada vez más políticos en ruedas de prensa en que no pueden hacerse preguntas, practica que va haciéndose habitual y a la que asisten los periodistas asumiendo el ridículo papel de silenciosos corderos.

No es periodismo serio enfrascarse en espectáculos lamentables a los que se denomina alegremente tertulias periodísticas donde, en lugar de discutir sobre temas concretos, se grita, se insulta, se vitupera y se desprecian los datos y los argumentos sólidos, con el exclusivo fin de obtener grandes audiencias televisivas.

No es periodismo serio el montón de horas que dedica la tele a programas basura donde el único brillo radica en la chusma, la vulgaridad, el mal gusto, la mala educación y en la confusión que se crea con la mescolanza televisiva de periodistas y analfabetos.

No es periodismo serio el que se practica en ciertos medios y en ciertas tertulias deportivas donde prevalecen la exageración, la demagogia, el enfrentamiento, la hostilidad, las opiniones radicales, el griterío, el sectarismo y la bipolaridad exclusiva de dos únicos clubs, en detrimento del resto del fútbol español.

No es periodismo serio el que practican en ocasiones personajes como Carlos Dávila, Alfonso Usía, Federico Jiménez Losantos, mosqueteros de la super derecha, que, abierta y peligrosamente, incitan a sus seguidores al odio y a la práctica de la violencia dialéctica contra una institución o contra un colectivo o contra unas personas, y todo porque un árbitro expulsa en un partido de fútbol a un jugador de su equipo que comete una falta.

No cabe duda. El periodismo serio ya no es rentable. Tal vez ahí radique parte de la crisis de la prensa escrita, que tradicionalmente ha marcado el rumbo en materia de opinión pública. Los problemas que afectan a los periódicos son dos, clarísimamente identificados: la irrupción imperiosa de Internet, con productos informativos más asequibles, inmediatos y baratos, que no paran de restar lectores, y el encarecimiento de los costos industriales motivados por la evolución tecnológica en los procesos de producción. Pero a esta doble crisis hay que añadir el deterioro del propio periodismo, sacrificado en el altar de las audiencias televisivas. Empieza a temerse que los periódicos serios parezcan aburridos.

Algo huele a podrido en esta sociedad, porque no es solo el periodismo serio el que está dejando de interesar. Tampoco parece interesar la política. De ahí que el espectáculo de la frivolidad gane tanto terreno al rigor informativo. Parafraseando a José Carlos de Luna, cuando se refería a El Piyayo, y aplicando la expresión a la política y al periodismo, bien podríamos terminar diciendo aquello de: “A chufla los toma la gente…

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 1 de mayo 2011.)

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