Nada hay más viejo que un periódico de ayer, suele decirse cuando se trata de estar al cabo de la actualidad de cada día, pero no olvidemos que nada hay más interesante que un periódico antiguo cuando pretendemos conocer la temperatura social de una época pasada. En el periódico está todo: la política, el deporte, las tragedias y las comedias de la vida, las guerras, el terrorismo de la naturaleza y la naturaleza del terrorismo. ¡Y hasta las noticias! En sí mismo, el periódico es una fotografía cambiante cada día en la que se registra el pulso de un pueblo y en la que se representa el nivel de su cultura. No es casual que los países de mayor consumo de prensa sean los países más cultos. El ejemplo más palpable de la relación existente entre prensa y nivel cultural lo tenemos en nosotros mismos, en España, en nuestra provincia, en el paupérrimo porcentaje de lectores. El qué dirán y hasta el qué no dicen también están en los periódicos. Igual que están los libros, las ciencias, las artes, la medicina, el entretenimiento, las farmacias de guardia, las carteleras, los rollos macabeos, las promesas para no ser cumplidas, los cuentos chinos. Y el regalito de promoción…
Un simpático viejete llamado Leopoldo Abadía, que se ha forrado escribiendo libros de economía y dando el coñazo en conferencias por todo el país sobre la crisis y sus fórmulas mágicas para resolverla, lo aprendió todo, según confiesa él mismo, leyendo cada día la prensa escrita. Este hombre dice que si estás atento a los periódicos, no sólo sabes lo que pasa, sino también lo que va a pasar. De ahí vienen sus predicciones, más o menos acertadas, y su éxito editorial y personal. Hubo un astrólogo famosísimo que me confesó que su inspiración era su propia mujer, una inglesa lista, y que todos sus vaticinios arrancaban de leer la prensa especializada británica y guardar los recortes.
En los periódicos ves los talentos y los talantes, las bilis y las babas, de cada personaje, de cada partido, de cada institución, de cada organismo. Es un catálogo diario y renovado de vanidades, arrogancias, fatuidades, vapuleos, envidias, excentricidades y hasta ejemplaridades, aunque estas las menos, la verdad. El periódico es como tener en tus manos la vida misma, la cotidianeidad de lo que te ha tocado vivir. Te plantas ante él y ahí lo tienes todo. Incluso lo que esperas ver y no ves en el periódico es como si estuviera porque te proporciona las claves de su ocultación. La grandiosidad de tus congéneres y todas sus miserias. Y, de propina, el oráculo perfecto para adivinar qué desgracia nos viene después de la que estamos padeciendo.
Si a todo esto le unes el momento de diversión que te proporciona adentrarte, durante un ratito, en toda suerte de chismografías y escándalos –políticos, sociales, deportivos, eclesiásticos, artísticos, macarrónicos, espeluznantes- tu relax mental está garantizado. Y el incremento abundante de tu acervo cultural de cada día también.
Nada, pues, como leer el periódico cada dia. De todas las formas de entretenimiento que conozco, creo que es la más divertida, instructiva y cultural. Qué placer, qué inmenso placer, desayunarse con el diario, o con los diarios, de siempre. Es lo más entretenido y lo más divertido que puedes hacer cuando comienza el día. Luego, sí. Luego te vas al ordenador y te metes en la vorágine de Internet. Pero ya llevas la digestión periodística hecha y te puedes permitir leer otras cosas, interesantes o aberrantes, incluso reírte con las estupideces y trivialidades que nutren las redes sociales.
Si hubiera más lectores de periódicos seríamos, colectivamente, más cultos. Hacer un periódico diario es elaborar un producto perecedero cuya caducidad es cuestión de horas. Lo sé por larga experiencia profesional. Sin embargo, al contrario que otros consumibles perecederos, el producto periodístico incorpora ingredientes especiales, información y opinión, que lo singularizan como una mercancía ideológica y como un testimonio para siempre.
Les cuento mi recorrido, como el de tanta gente de mi generación, hasta llegar al hábito de la lectura de prensa. Fue así: primero, de niño, El “TBO” y el “DDT”; luego, íntegros, los Dumas, Verne, Zane Grey, Salgari, Kipling, Christie, S. S. Van Dine…, después, ya adolescente, los periódicos, el primero “El Faro” de Ceuta, donde trabajaba mi padre como linotipista, y todos los que se recibían en la Redacción por intercambio. Hecho ya lector, en seguida llegó la otra literatura. Y ahí sigo. Con periódicos y con libros. Colaborando como puedo en la elaboración del periódico de ayer.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo 10 de octubre 2010)
Mis primeros recuerdos sobre lectura de prensa son de la adolescencia, 14 años más o menos. Cuando iba a comprar a la tienda de Sarito “La Sorda” y su hijo Mingo.
Una tienda de las “de aceite y vinagre” con un cuaderno, bajo el mostrador, en el que tenía apuntado a toda la calle porque dejaba “fiado“.
Esta local también ofrecía un banco para sentarse, y un periódico para hacer más llevadera la espera de la cola.
Al final del día solía regalarnos el periódico para que lo leyéramos. Normalmente me lo llevaba yo, pero había días en que sólo me tocaba la sección de Cultura o Internacional, pues había otro chico que se tenía pedido la sección de Deportes y las de Sucesos. Y se las leía antes de dormir.
Un saludo.
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