No hay una industria más sólida, más rentable, más bien estructurada ni más comercial que la del turismo en sus cimientos básicos. Ojo, que no hablo de la industria turística global, en la que algunas grandes multinacionales han naufragado o se han estrellado a causa de abusos, especulaciones o avaricias. La solidez de la que hablo se refiere a la industria esencial turística integrada por pequeñas y medianas empresas hoteleras, de restauración y de ocio, expandidas por todo el territorio, pero de manera especial por todo el litoral. Me refiero, con mucho fundamento, a quienes tienen gran parte del mérito, de que, sesenta años después del famoso “boom” que nos niveló la balanza de pagos (junto a la emigración), sigan viniendo a España más de cincuenta millones de turistas cada año. Concretamente el último año, 52 millones.
Es cierto que, en el caso de las cifras del 2010, algo o mucho tienen que ver las rebeliones sociales de los países norteafricanos que han rebotado mucho turismo hacia nuestro destino. Pero no menos cierto es que, con todo, el rey de los atractivos españoles sigue siendo el binomio sol y playa, del que tanto hemos renegado, al que con tanto empeño queremos relegar, sustituir, y al que quisiéramos reemplazar por otro de tipo cultural.
Todos los segmentos turísticos, el náutico, el de golf, el monumental, el de congresos, el de salud, todos, son complementarios y llenan huecos, pero la verdad sigue siendo que la masa turística que, en el último año, ha gastado de promedio cien euros per capita y dia, dejándonos cuarenta mil millones de euros, que suponen el diez por ciento del PIB y el once por ciento del empleo, es la que viene a buscar mayoritariamente nuestro sol y nuestras playas. Y bienvenidos sean.
El turismo es nuestro petróleo. Lo único que nos ha quitado el hambre seis décadas consecutivas. Pero lo diré de otro modo. Quizá nos falte el postre. Pero lo cierto es que el turismo nos da a los españoles el pan nuestro de cada dia.