Desde su fundación, año 76, ha sido un referente periodístico y político para importantes sectores sociales, especialmente para la izquierda española. Al principio constituyó un icono para los llamados “progres” que se paseaban por las calles con un ejemplar bajo el brazo como signo de identidad de una nueva clase política emergente. Se decía que algunos de aquellos porteadores ni siquiera sabían leer, pero llevar “El País” bajo el brazo, vestir la trenka, lucir la camisa de cuadros, ajustarse los vaqueros, toda aquella parafernalia o camuflaje correspondía a la expresión externa de un sentimiento profundo de cambio en la sociedad española. Ahí estaban, mezclados, los sindicalistas, que habían vivido ocultos, genuinos representantes del movimiento obrero, los militantes comunistas y socialistas que venían de la clandestinidad y, junto a ellos, los intelectuales de ateneos y universidad.
Representó el cambio a bien que en seguida llegó. Significó un giro copernicano en el tratamiento de la información política. Todos los periódicos (los que yo he dirigido, por ejemplo), en el fondo, queríamos ser un poco como ellos. Lo que parecía tabú lo convirtieron sus periodistas en cotidiano. Se alimentó de la democracia y empezó a crecer y a tener hijitos. Hasta que, gobernando Felipe González, se convirtió en un gigantesco imperio de la comunicación. Estos dias, su mandatario número uno ha arremetido sin piedad contra el presidente Rodríguez Zapatero bajo cuyo mandado el grupo Prisa, propietario de “El País”, perdió sus grandes beneficios televisivos derivados de las retransmisiones futbolísticas. Juan Luis Cebrián, que fue el director fundador del periódico, ha proclamado su deseo de ayudar al Partido Popular en sus propuestas para remediar la crisis. Así lo ha dicho.
“El País” no ha dejado de ser el periódico más importante en lengua hispana.
Pero, digámoslo sin rodeos, siempre fue un periódico gris, triste y sin gracia. Una demostración, por supuesto, de que el lector premia al periódico honesto, serio, crítico aunque sea aburrido. Le costó años tomar la decisión de incluir el color en sus páginas.
Al margen de que ya hace tiempo que este rotativo recurrió, como todos los demás, a las promociones –regalando los productos más variados y pintorescos- para incentivar las ventas, a partir de ahora ha decidido incluir en sus páginas contenidos que siempre despreció, seguramente porque considerarlos frívolos. Los tiempos cambian. Y ya tenemos a “El País” dedicándole páginas enteras al novio de la Duquesa de Alba. Y cosas así. Esas cosas que gustan a todo el mundo, más allá de las ideologías personales.
Dejando a un lado la duda que nos asalta en cuanto a la línea editorial, que no sabemos si irá cosida a la declaración de Cebrián contra Zapatero y a favor del PP, o discurrirá por donde discurrió hasta que los réditos de los canales futbolísticos mermaron ostensiblemente, la verdad es que el periódico, a mi juicio, ha mejorado porque ha dejado de ser tan soso y ha ganado en alegría estética y en contenidos de todo tipo.
Recordemos que no solo se le pide a la Prensa que informe, incluso que forme. También se le pide que deleite, que agrade, que sea amena.
Muchos diarios españoles cumplen los tres preceptos tradicionales. Por ejemplo, sin ir más lejos, “La Opinión de Málaga“, el gran diario en el que tengo el privilegio de escribir. Un periódico bien hecho desde que lo parieron.