Vuelva usted Mañana

El misterio de la gente feliz

Sostiene Punset que es una paradoja enfrentarnos a “mentalidades regresivas del siglo diecinueve”, aún vigentes, como, por ejemplo, el planteamiento del nacionalismo exacerbado, cuando en la actualidad disfrutamos de avanzadas técnicas del siglo XXI que podrían haber hecho olvidar conceptos tan rancios. Los cambios técnicos del conocimiento según el prestigioso y ameno investigador, son infinitamente más rápidos que los cambios culturales. Avanzan más deprisa y dejan descolgados a las instituciones, a la familia y al estado. Como siempre, la investigación y la ciencia van por delante y nosotros por detrás. Y, más atrás aún, los políticos, pidiendo votos.

Sostiene Punset que el cerebro humano está alcanzando límites nunca antes imaginados. La llamada inteligencia emocional es más eficaz que el uso del conocimiento y el manejo de los datos. Quiere decir que, descubiertas sus verdaderas potencialidades, el cerebro pone a nuestro alcance la herramienta más poderosa de que dispone –la intuición, una forma de inteligencia que no andaba muy prestigiada- con la que podrían evitarse diques y muros de intolerancia, xenofobia y odio al vecino. La prohibición de los toros en Cataluña no es el resultado de una propuesta limpia de personas sensibles que aborrecen la crueldad hacia los animales, aunque esas personas hayan participado y celebrado de la ley aprobada. En realidad, es más bien el resultado de una mentalidad regresiva segregada de épocas anteriores, una actitud beligerante rebosante de rencores, liderada por unos extremistas y unos conversos, para ensanchar diferencias, abrir un campo de minas, combatir al “enemigo”, señalar a España como el causante de todos los males; no sé, en realidad, de qué males. Es la actitud encarnizada de unos pocos, frente a la obstinación de otros cuantos –los nacionalistas españoles exacerbados, igual de culpables-, todos ellos haciendo un ruido ensordecedor, en medio del silencio mayoritario de quienes se esfuerzan en no darse por aludidos en ese choque de descerebrados.

Sostiene Punset que no deberíamos permanecer ni un minuto más en las actitudes mentales inmovilistas que determinaron nuestro terco comportamiento durante centurias. Un simple cambio de opinión nos liberaría de las ataduras mentales que tanto daño nos hacen. No hubiera hecho falta suprimir nada. Los toros languidecían en todo el territorio catalán, donde llegó a haber trescientos cosos. Barcelona, pionera taurina, contó hasta con tres grandes plazas y el mayor número de festejos, pero la gente fue dándole de lado. Apenas queda una plaza que produce diez veces menos festejos que hace pocos años. Por sí sólo, por su propia esencia, por el escándalo de la sangre en el ruedo, el toreo se fue alejando de los ciudadanos catalanes, como se irá distanciando con el tiempo de otros muchos ciudadanos, perdonen que lo diga tal como lo creo. La belleza plástica de un buen pase puede llegar a ser arte, quizá, y ese momento místico te puede emocionar, pero pinchar un montón de veces al toro y provocar borbotones de sangre no puede ser jamás un bello espectáculo ni mucho menos un acto de cultura.

Sostiene Punset que la felicidad consiste en la ausencia del miedo y en el hecho capital de que hemos triplicado el promedio de vida de todas las demás especies, factor clave para tener tiempo de buscar la felicidad. España, según Gallup, es un país infeliz, en el puesto diecisiete en Europa y en el 43 en el mundo, por debajo de Honduras. Nada que ver, oh sorpresa, con euforias ocasionales ni exaltaciones victoriosas. Conceptos como patria o toros –tan en boga- son motivo de irracionales enfrentamientos, en tanto valores como serenidad sicológica, estabilidad sentimental o relaciones humanas –ausentes momentáneamente de nuestras vidas- influyen poderosamente en los estados de felicidad o bienestar. El misterio de la gente feliz ya no lo es tanto. Un país pobre como Costa Rica es razonablemente feliz en su cómodo sexto puesto mundial. No se enfrenta a cuestiones decimonónicas y tiene un sentido alegre de la vida.

Sostiene Punset que el gran avance de este siglo es trasladar la ciencia a la cultura popular. El dominio de los nuevos conocimientos nos haría caer en la cuenta de que es más gratificante la convivencia libre, pacífica, tolerante, que la edificación de nuevos alcázares y murallas con fosos infestados de alimañas. Y hasta podríamos regresar al futuro con un lema utópico de mi frustrada generación del 68, aquel que decía: Prohibido prohibir.
……
(Artículo publicado enLa Opinión de Málaga”, domingo 1 de agosto 2010)

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