Tiene en estos momentos una fama volátil que desaparecerá pronto, aunque ojalá que no. Su mérito para ocupar la actualidad mediática es la fantástica operación de trasplante de cara que acaba de realizar en el Hospital La Fe de Valencia y cuya noticia está dando la vuelta al mundo. Es el doctor Pedro Cavadas, un hombre de 43 años que, ejerciendo desde 1994, se niega actualmente a hacer operaciones de cirugía estética porque ha encontrado mejores prioridades, más solidarias y más dignas. No es la primera vez que se habla de él; ya había sido entrevistado con anterioridad en algún diario y alguna revista nacionales que lo consideraron un adalid de casos imposibles y un ejemplo único de generosidad, en tiempos en que predominan la insolidaridad y el egoismo.
Pedro Cavadas era un joven cirujano reconstructivo que, gracias a su excelente trabajo, ganaba bastante dinero, conducía un Porsche propio y vivía una vida muy confortable. Pero dos hechos consecutivos –la muerte de su hermano en un accidente de tráfico y un viaje que hizo a Kenia- hicieron cambiar súbitamente su idea existencial. Empezó a ver su vida, y la vida de los demás, de una manera distinta. Al regreso de Africa, vendió su cochazo, creó su propia Fundación y decidió volcar todo su talento y todas sus energías en favor de pacientes pobres a quienes opera gratuitamente. A partir de entonces viaja con mucha frecuencia a las zonas subsaharianas más deprimidas para hacer cirugía reconstructiva, por ejemplo, a un niño kenyata mutilado a quien le reconstruyó el pene. En España también ha realizado operaciones prodigiosas como la que hizo en determinada ocasión a un hombre al que reimplantó las piernas tras haber sido arrastrado por un tren, o como las que protagonizó en varios casos de reimplante de manos.
Junto con su equipo de tres cirujanos plásticos, suele hacer unas 1.800 cirugías anuales con los tratamientos más novedosos y siempre de forma altruista seleccionando los casos más dramáticos entre las personas más desasistidas que jamás podrían costearse operaciones de este tipo.
Si la primera calidad vital es ser buena persona (y digo bien: calidad, no cualidad), y a partir de ahí se añaden otras calidades de excelencia profesionales, entonces está clarísimo que estamos ante seres humanos excepcionales como este médico de vocación y de destino que jamás se pone la bata porque prefiere una camisa o una chilaba. Pedro Cavadas es un hombre sencillo, humilde, tímido, trabajador incansable, que se alinea con la gente que lo pasa realmente mal y que, además, obra el prodigio de devolver la sonrisa a los seres más infelices del mundo. Por eso le llaman el Doctor milagro.
Con tanta noticia de asesinatos masivos, ensañamientos, venganzas, atentados irracionales, dolor y muerte, provocados por gente de mala sangre, ¿no nos produce una sensación de alivio y esperanza saber que todavía existen personas como Pedro Cavadas?
¿Es posible que exista más gente así?
Sé positivamente que hay muchos corazones como el de este hombre, quizá no con sus manos milagrosas, pero si con su vida presta para darla a los demás. Ese pequeño y desconocido club de personas abnegadas, por ejemplo, pendientes siempre de remediar los males ajenos. O esa legión maravillosa de donantes de órganos. Y sus familias. Ellos son los verdaderos héroes del silencio que, desde el anonimato de la verdadera solidaridad humana, dan parte de su cuerpo y de sus vidas para que otras vidas sigan adelante con sus ilusiones. Hagamos el favor de reconocer y respetar a esos corazones nobles. No juguemos al juego del periodismo sucio desvelando identidades, salpicando de podredumbre algo tan hermoso como lo que hace el doctor Cavadas: convertir en pura felicidad el dolor de los más desgraciados.
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