Sentarse y ver pasar a la gente en las terrazas de los viejos cafés del Barrio Latino es el espectáculo más fascinante, más barato y más antiguo del mundo, afirmaba el escritor Irving Shaw en su libro “Paris Paris!”, algo que, obviamente, ratificamos todos cuantos alguna vez tuvimos la fortuna de disfrutar idéntica experiencia en la Ciudad de las Luces. Contemplar de forma distendida el paso del personal es una sensación gratificante, visual, de curiosidad plena, para la que sólo se necesita un poco de tiempo y para la que no hace falta viajar hasta la capital del Sena. La experimentamos en cualquier momento del día o de la noche: tomando una cerveza al aire libre, apalancados en el atardecer de un paseo cualquiera, asomados al balcón de una bulliciosa calle, tumbados despreocupadamente en la playa o, incluso oteando al paisanaje a través de la virtualidad de lnternet o de la tele. Nos cautiva el trasiego humano. Cada rostro, cada gesto, la vestimenta, la mirada. El show ajeno es nuestro propio show. No hay mayor enigma que el que se oculta en la inexpresividad de ese extraño ser que atraviesa el aire tan cerca y tan lejos de nuestro pálpito.
El interés de la gente por la gente fue detectado pronto por el periodismo que, de inmediato, lo convirtió, hace siglos, en uno de sus grandes axiomas, de ahí el éxito del género al que tradicionalmente se denominó Interés Humano (IH), cuyas historias han alimentado, desde los clásicos hasta nuestros días, a la prensa, al periodismo, al cine, al teatro y que, sin embargo, en la actualidad apenas encuentra hueco en ese gran cajón de sastre al que llaman Sociedad donde se vuelca todo, hasta los desperdicios informativos. Detrás, o delante, de cada hecho, de cada situación, de cada noticia, siempre aparece el individuo, la persona, que es quien dimensiona los valores de la información. Si no hay latidos solo hay oquedad y vacío.
Es tiempo de globalidades. Los nuevos lenguajes, los tópicos, las siglas –engorrosas sopas de letras-, los organismos, las entidades, las mixturas, se adueñan de los medios de comunicación para romper la ley natural de la curiosidad humana. Pero la necesidad está ahí y se aloja en los nuevos soportes, en las redes sociales, en los canales de intercomunicación. La gente, no toda, utiliza Facebook –una herramienta prodigiosa de la tecnología- para simplezas, pero en el fondo tal vez subyace una simple curiosidad: la de saber, a través de lo que dicen o no dicen, quiénes y cómo son en realidad nuestros amigos, nuestros desconocidos, porque los auténticos protagonistas de historias periodísticas, esos que a todos nos apasionan. solo aparecen y desparecen por casualidad, como ocurrió con Susan Boyle, la desgraciada y fea muchacha británica que viajó en un suspiro desde la locura imaginada del éxito mundial hasta la locura real de la caída en picado al siquiátrico, víctima del morbo y el regocijo general.
Recuerdo con devoción que, cuando empecé en periodismo, en mi Ceuta natal, la primera sección fija que me asignaron fue una entrevista diaria a base de preguntas y respuestas cortas. Se titulaba “El hombre de la calle” y por ella habrían de desfilar personas corrientes, aquellas que en Sociología, según me explicaba mi director Vicente Amiguet, representan al “homo qualunque”, genuina expresión de la individualización de la masa. La gente entrevistada no me decía cosas trascendentales. Me decía cosas de la vida de cada día. No apostaba yo por un encargo que intuí el marrón de la novatada, pero fue un sorprendente gran éxito, como lo había sido, unos años antes, otra sección similar llamada “Conteste, hombre”, escrita por Gonzalo Garrido, “Quik”, quien, con un estilo vivo y rápido, provocó que la gente comprara más el periódico y además lo abriera por la página de la entrevista. Aquello resultó para mi una enseñanza provechosa, que supongo me habrá servido para algo. Supe, desde el principio de la profesión, que el mayor interés de los humanos somos los humanos.
Ahora en verano, estación propicia para mandar la vista a paseo, el sol se evapora y el anochecer invita a contemplar los cuerpos volátiles cuyas miradas, gestos y contoneos desfilan ante nosotros excitando nuestra curiosidad. Mi gratitud personal a la gente que estoy viendo pasar. Me acaba de regalar el tema para mi artículo de esta semana. Y estaba preocupado.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 12 julio 2009)