De ser un deporte poco vistoso, algo violento y embarrado, pelín difícil de entender, como lo fue hace más de un siglo cuando los ingleses comenzaron su práctica y lo exportaron para entretenimiento de sus militares y técnicos desplazados a otros países europeos, el fútbol fue conquistando, gol a gol, la admiración de los pueblos que lo recibían, hasta que muchos de ellos –España, sin ir más lejos- terminaron adoptándolo como genuina seña de identidad nacional.
A lo largo de su historia, el balompié fue pasando sucesivamente de moda “snob” a deporte minoritario practicado en las cercanías de las minas. Y de competición reducida a espectáculo masivo. Se erigieron símbolos, escudos, colores, surgió la pasión desbordada y los pueblos decidieron que el fútbol bien podía sustituir a las guerras, evitando la sangre. Esa utopía no se ha hecho aún realidad. La llamada afición es, en realidad, una adicción irracional que produce emociones sin límites, delirios, tristezas y dramas. Todavía se recuerda un enfrentamiento bélico entre Honduras y El Salvador, en 1969, a consecuencia de un partido. Y hay registros históricos de tragedias en los estadios, como la ocurrida en el “Mateo Flores” (1996) en un choque Guatemala – Costa Rica que ocasionó 82 muertos al sobrepasarse la capacidad de las gradas por la falsificación de entradas, o la del “Heysel” de Bruselas en una final europea Juventus – Liverpol, en la que perecieron 39 personas tras una avalancha provocada por los “hooligans” ingleses. Tengo relacionados, en un ensayo aún inédito, datos de otras catástrofes futboleras, lo que certifica que, en efecto, aún queda tiempo para que el fútbol se convierta en un sucedáneo incruento de las guerras.
Hubo una época no muy lejana en que se apagaba el eco del fútbol. Sus cimientos temblaban por falta de dinero. Creíamos que aparecía el declive después de tanta gloria. La gente no llenaba los campos. La llama sólo era mantenida por el fanatismo irredento de los seguidores y por el entusiasmo que ponían, que poníamos, los periodistas. Hasta que, llegando los últimos lustros del siglo, la televisión olió el negocio y dijo aquí estoy yo. Las retransmisiones se multiplicaron, los clubs entraron en la explotación de la imagen y de las camisetas, los listos de la publicidad se metieron en los patrocinios millonarios, los canales ganaron audiencia, los fichajes de las estrellas se hicieron (lógicamente) astronómicos. Y aquel deporte (que para féminas y otras especies humanas no era sino el ridículo de unos tíos en calzoncillo corriendo detrás de un balón) se internacionalizó como nunca y las mujeres entraron a formar parte del ejército gritón, tiñéndose la cara con pinturas de guerra.
Así llegamos a los tiempos actuales en los que se vive una auténtica época de oro.
Pero seguía faltando algo que el fútbol no ha tenido nunca: intimidad. Y, al fin, los linces de los negocios han ideado la lencería fina con colores y escudos. Nada de horteradas. El fútbol entra radiante en las alcobas con tentadora ropa íntima de diseño para mujeres y hombres. A lo mejor, en un ambiente de luz tenue, el fútbol triunfa clamorosamente también en el amor.
Hombre, Rafael, por una vez en la vida estarás de acuerdo conmigo en que el Madrid no está pero que nada mal.