Vuelva usted Mañana

El Fútbol, como otra de las Bellas Artes

Tras el gozo íntimo de una final inolvidable, me apetece hoy glosar el fútbol en lugar de ocuparme de crisis o derivados. Voy a referirme a la emoción de una noche, la noche del miércoles pasado, en un campo engalanado con los colores y los ardores de la pasión, donde el fútbol se hizo presente, en su plenitud, y se permitió ganar uno de sus más bellos partidos. Todos sus componentes se armonizaron en la representación. El mejor juego del mundo, plasmado con belleza plástica sobre un tapete verde neutral, terminó siendo aplaudido por una afición noble, entendida y fiel que, acostumbrada a cantar goles en su catedral, arrastraba la angustia de décadas esperando una nueva ocasión para ilusionarse. Dos canteras frente a frente, una de ellas, legendaria, venida a menos y esperanzada, la otra, reluciente, reforzada, sobresaliente. Si algo sobró en la espectacular representación, servida en directo a millones de aficionados y no aficionados, fue la estupidez y la imbecilidad del fanatismo político de unos pocos que, adulterando el verdadero espíritu deportivo, pusieron desdoro donde imperaba la grandeza de una fiesta. El fútbol no falló. Fallaron los cafres, pero apenas se notó, porque, más allá del resultado, que favoreció lógicamente a quienes lo bordaron, los verdaderos ganadores fueron los millares de seres ilusionados que lucieron su escudo con gallardía y generosidad, unos para celebrar el triunfo y otros para celebrar que habían sido capaces de llegar hasta las mismas puertas del triunfo.

Hacía tiempo que no coincidían en un mismo partido, aquí, en nuestro país, la ilusión, la pasión, la incertidumbre, el juego brillante, los goles, la furia, la alegría, la tristeza, todos esos ingredientes que, juntos, convierten al fútbol en algo más que un simple deporte, en la expresión de un sentimiento desbordante. Y, para mayor gloria de una cita que reunía tantos requisitos, apareció esa noche en todo su esplendor la figura de un joven mesías haciendo milagros en el área. Impresionante.

Qué tiene el fútbol que no tengan otros deportes, sería la pregunta. Quizá, el hecho de que de pronto todos nos sentimos niños, con rabietas y con felicidad pura, con llantos y con pataleos. Eso podría explicar la lozanía y la eterna juventud del fútbol. O tal vez, la clave es más profunda porque, en realidad, estamos ante una moderna representación del tribalismo. Los clubes, con sus símbolos y sus colores, sustituyen y representan a las tribus, a los territorios de la vida, a las clases sociales, a nuestra gente, a nuestra bandera. También podría ocurrir que el fútbol fuera una religión, a cuyos sumos pontífices no los adoptan los ángeles ni los profetas ni los apóstoles ni los elige Sínodo alguno, y cuyas deidades son entronizadas directamente por los fieles aficionados, aunque antes de que esto ocurra deben prodigar sus apariciones sobre el terreno de juego.

Los cuatro dioses únicos del fútbol, que empezaron sus prodigios cuando eran unos imberbes, recibieron posteriormente el reconocimiento y el sometimiento de todas las aficiones de todos los continentes. Sólo ellos, los dioses, trascienden del fútbol mismo, entendido éste como representación de unos colores determinados, para elevarse a la soledad individual de las alturas en la que son homenajeados de por vida y más allá del tiempo presente, sea cual sea la camiseta que defiendan o hayan defendido.

Y cuando el cupo de dioses que rigen el Olimpo parecía cerrado a cal y canto para otros aspirantes que se quedaron en el camino, un nuevo niño de la Pampa surge del territorio culé arrasando en los campos de batalla, presto a escalar las nubes que separan a las figuras de las divinidades, y haciendo milagros de goles imposibles. Ese niño se llama Messi y está escrito que alcanzará el grado de dios. Como lo alcanzaron Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona.

Caigo entonces en la cuenta de que el fútbol no es sólo un retorno a la infancia, una lucha tribal, una religión, sino que, siendo todo eso y mucho más, el fútbol es también para deleite de quienes lo amamos, otra de las Bellas Artes. ¿No lo creen? Vean jugar a Messi.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo día 17  mayo 2009)

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