Vuelva usted Mañana

El discurso del rey

Cómo va a salir el Rey de la jugarreta que le ha hecho el yerno ideal. That is the question. Lo repetiremos otra vez. Urdangarin era el niño bueno, el adorno elegante y en segundo plano de las fotos de la familia real, el cuñado excepcional, buen padre de familia, deportista, prudente… hasta que se destapó el pastel y descubrimos a un joven ambicioso y máximo responsable de la Fundación Noos, con fines altruistas, que firmó contratos millonarios con Autonomías e instituciones. Hasta ahí no habría nada anormal si no fuera por el hecho de que los beneficios de tantos millones de euros, en lugar de ser reinvertidos, como dicen los estatutos, fueron a parar a empresas particulares del propio Urdangarin. Parece ser que se utilizó la imagen de la Casa Real para captar clientes y hasta se afirma –lo afirma el diario “El Mundo” y lo reproducen los periódicos digitales- que Iñaki y su socio Diego Torres utilizaron una ONG de ayuda a niños discapacitados para evadir al paraiso fiscal de Belice parte del dinero recaudado por “negocios” presuntamente ilegales. No estamos hablando de calderilla.

Sin necesidad de algaradas estudiantiles, manifestaciones obreras, panfletos sindicalistas, campañas intelectuales; sin necesidad de convocatorias populares, el tremendo Urdangarin se las ha apañado para hacer más daño que nadie a la Monarquía española. Si no fuera porque el protagonista no tiene mucha pinta de proletario, pareciera todo esto una maniobra republicana, de incalculables consecuencias, calculada, dirigida y orquestada por él mismo.

No corren buenos tiempos para monarcas y monárquicos. Crisis y aristocracia no se llevan muy bien. La mayoría de los ciudadanos, creo yo, aguantan a esta Monarquía por dos razones esenciales: una, porque la fórmula, que apenas concede poder testimonial al Jefe del Estado, ha funcionado bien durante los treinta y tantos últimos años, que han sido, por otro lado, los más pacíficos y los de mayor crecimiento económico y social de España, de la mano, claro está, de Europa. Y dos, porque la persona que encarna a la Monarquía es buena persona y, además, se la jugó aquel 23 de febrero evitando que unos salvapatrias franquistas destrozaran nuestra entonces débil democracia. Pocas cosas más, que yo sepa, ligan a la institución real con la ciudadanía, si descontamos a los incondicionales de las estampitas de “Hola”.

Tengo escrito que, a título personal, este rey me cae bien, conclusión extraída tras haber charlado con él en no pocas ocasiones, a lo largo de los últimos treinta años, siempre por motivos periodísticos. Es humano, cercano, simpático, cariñoso. Gusta del contacto físico. Te capta rápido. En la distancia corta aprecias que tiene impresa en el rostro una mueca de tristeza que ni siquiera su fácil sonrisa logra borrar. Su infancia no fue dichosa. Le tocó vivir luego una peligrosa transición, tras servir al dictador como príncipe de la nada. Pero se ganó todos los honores sirviendo a su país, haciendo de embajador extraordinario en situaciones comprometidas, salvándonos de la quema de aquel civil con bigotes (y de quienes se escondían tras él). Lo he conocido joven, ágil, rápido, pero ahora se le ve tocado, cansado, envejecido. No sé cómo encajará la enorme patada que le ha dado su yerno favorito. No sé cómo superará, en su discurso de Navidad, la crisis institucional monárquica que no ha hecho más que empezar. No sé cómo podrá aguantar el chaparrón que se le viene encima con la posible imputación de Urdangarin, el juicio y el desenlace del caso. Desvelará, seguro, el uso que hace de los ocho millones de euros con que dota el Estado anualmente a la Casa Real. Acabará con la opacidad tradicional de la institución. Intentará, con muchísima colaboración oficial, salvar esta crisis del sistema. Lo que no sé es si podrá cambiar la percepción cada vez más extendida entre los ciudadanos de que estamos en época de cambios transcendentales, en los que el lujo y el boato son cien por cien prescindibles, como lo son los trabajadores en las empresas. El discurso del Rey podrá darnos pistas de cómo se va a afrontar la crisis.

La verdad es que, cuando pensé el artículo, iba a hablar de una película, “El discurso del rey”, que no pude ver en su estreno pero que he visto ahora en la tele. Una película que ratifica algo que ya sabíamos: que los ingleses, cuando se lo proponen, son capaces de hacer el mejor cine del mundo. Pero me ha salido otra peli. Más nuestra. Más actual. Más preocupante.

(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga“, domingo, 18 diciembre 2011.)

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