Vuelva usted Mañana

El dios de la crisis llora sobre España

No siempre lo público ha sido bien visto oficialmente en nuestro país. Las escuelas públicas primarias, en los años de mi niñez, eran una vergüenza. Se les llamaba peyorativamente “colegios de balde”. Todo el mundo sabía que, pese al inútil esfuerzo de los profesores, el desprestigio de la enseñanza oficial infantil superaba todas las expectativas. Gratis era sinónimo de cutre. En mi caso, el sacrificio de mi padre, un trabajador que le echó miles de horas extras a la linotipia para sacar adelante a la familia, hizo posible que mis dos hermanos y yo nos ahorráramos aquellos colegios nacionales en los que no había disciplina ni control ni métodos, sino confusión, desgobierno, desorden de horarios y hasta falta de higiene. Estaba claro que al régimen no le hacía mucha gracia que el Estado se encargara de educar gratuitamente a los niños. Incluso la mala fama (“fábrica de piojos”, desprecio y falta continuada de respeto al profesorado, etc,) arrancaba desde los ámbitos más altos de la responsabilidad, como lo demostraba su falta de interés por mantener un mínimo nivel en la educación de los más pequeños. Para limpieza, calidad y aprovechamiento, decían, para eso estaba la iniciativa privada, especialmente la de los curas. No se ocultaban los políticos azules de la época en dejar de lado las escuelas de balde. Sus hijos recibían instrucción en los mejores colegios y academias particulares, sin sacrificio porque ellos ganaban mucho dinero. Las familias no pudientes, en cambio, debían sacrificarse hasta límites inhumanos para que sus hijos alcanzaran una educación normalita.

Debo decir, por experiencia, que la enseñanza de los curas, que eligió mi padre para nosotros, no era mala, stricto sensu, exceptuando –que es mucho exceptuar- las numerosas y estériles horas dedicadas a actividades no solo poco docentes sino incluso casi indecentes, pero que teníamos que tragarnos, quisiéramos o no. He aquí la lista de “deberes” a que nos obligaban y que, con el tiempo, produjeron en mi (y en tantos alumnos) el efecto contrario al de su intencionalidad. Lo cuento para que no se olvide de dónde venimos. Lo primero era el culto y glorificación de la ideología católico fascista, a través del lema “Formación del espíritu nacional”, asignatura que impartía un señor de bigotes, muy serio, con chaqueta blanca, camisa azul, muchas medallas y un gran cangrejo en el pecho. Segundo, misa diaria y rezo del rosario. Tercero, exaltar la bandera del águila dos veces al día, al izarla y al arriarla, con todo el alumnado formado militarmente en el patio. Iniciaba la jornada el himno nacional (letra imperial de Pemán) y lo cerraba el Cara al Sol. Así eran las cosas antes de la democracia.

Y como ocurrió con casi todo en nuestro país, la llegada de las libertades (por consunción natural de la dictadura y de su máximo mandatario, no porque nadie fuera capaz de erradicarlos), transformó la educación desde los escalones inferiores y, aunque no se adoptaron los mejores ni los más modernos sistemas, por intromisiones ideológicas (seguimos a la cola de Europa), al menos se mejoraron las condiciones de escolaridad pudiendo las familias españolas elegir colegios públicos sin costo alguno y sin menosprecio de equipamientos, rigor, trato y dignidad para padres y alumnos.

Pero ahora otra vez se vuelve a las andadas. Y se cuestiona de nuevo lo público. Es como si la salud, la enseñanza, las pensiones, en lugar de ser los pilares sobre los que se construye un estado de bienestar social, fueran unos servicios más a privatizar por el Estado o por los ayuntamientos, como son el agua, la limpieza, la energía… Siglos costó llegar al primer nivel mundial en beneficios sociales y ahora vienen a liberalizarlo en nombre de la crisis y del neoliberalismo (dinerismo, habría que llamarle). ¿Ocaso de las ideologías? ¡Al contrario!

“La educación es lo que queda luego de que uno olvide todo lo que aprendió en la escuela”, decía Albert Einstein (cuestionado también ahora), quien aseguraba que “La imaginación es más importante que el conocimiento” y que “El progreso tecnológico es como un hacha en manos de un criminal patológico”. Visto el fracaso de los “indignados” (¿a quiénes votan estas criaturas, que no aparecen en las encuestas?) sólo una toma colectiva de conciencia, tutelada con gente como Einstein, podría detener un avance de vendaval dinerista. Ojo, que nos privatizan hasta los leones de bronce del Congreso. El dios de la crisis continúa llorando sobre nosotros.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 25 de septiembre 2011.)

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