Vuelva usted Mañana

El día en el que el Pipi le zurró al Jimmy

Cambia todo en esta vida. A nuevos tiempos, nuevas actitudes, distintos comportamientos. Se transforma la epidermis social. Conceptos, ya arcaicos, como la ética (¿mande?) y la estética (¡qué tié este tío en la boca…!) ceden su lugar al pasotismo. Yo lo percibo de forma especial en el ámbito en el que me he movido siempre. ¿Qué es más importante: dar la noticia y darla bien, renunciando si es preciso a la primicia, como aconseja García Márquez en su reconocido Taller y como prescriben los manuales nunca escritos y más puros de la profesión, o correr como un poseso a colgar la “información” en Internet sin verificarla lo más mínimo?
A quienes adoramos las formas antes que el fondo, nos incordia mucho la moda imperante del desprecio a las buenas maneras, a la educación, a la afabilidad; esa repelente impertinencia de la gente malencarada que se cree mejor y más importante porque trata sin respeto a todo el mundo. No hablo de que se le deje el asiento en el autobús a una persona mayor o a una mujer embarazada; no hablo de esa cortesía hacia el prójimo, práctica elegante ya desterrada por obsoleta; tampoco quiero decir que, a veces, la simpatía, los besos y abrazos no escondan actitudes delatorias, malintencionadas e incluso delictivas; hablo del descaro, la hosquedad, la falta de sensibilidad y ausencia de mínima empatía hacia el dolor ajeno, actitudes generalizadas que poco a poco van imponiendo su dictadura en la convivencia cotidiana. Debe ser, sin duda, una consecuencia directa del fallo estrepitoso de nuestros sistemas educativos, o tal vez una dejadez generacional de los padres que no disfrutaron nada para que sus hijos lo tuvieran todo…, todo, menos educación, claro. O quizá sea el resultado desalentador de la conjunción de ambas carencias. La cuestión es que los quehaceres de la vida van cambiando, acelerándose, desvistiéndose de sus ropajes de sociabilidad y desafiando aquella máxima de que la mejor revolución es la evolución, y, con tales sacudidas, la profesión periodística, que, por otro lado, siempre anduvo atenta al devenir de los tiempos no solo para estar a su altura sino para ir cien pueblos por delante, también pierde el norte, se resiente y acaba dando patéticos saltos de la rana en lugar de lidiar finamente a la noticia.
Ya no es necesario inventarse las tradicionales y entrañables “serpientes de verano” (noticias falsas, increíbles, que amenizaban durante el estío la atonía informativa de los periódicos y que se fechaban en lugares remotos). Ahora, algunas televisiones te sirven, fresco, sabroso (en vivo y en directo, dicen ellos) el revuelto mixto de basura, frivolidad, cutrez y superficialidad, para que lo digieras y comentes durante el mayor espacio de tiempo posible. La noticia sobresaliente de este verano se produjo el día en que, en un plató televisivo, el inefable Pipi Estrada le zurró la badana al peculiar Jimmy Giménez Arnau, ambos dos, genuinos representantes de la forma de “periodismo” actualmente más aplaudida. A uno no le gustó que el otro le dijera que era un cornudo del siete. Y fue y le partió la pierna.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? Pues, para no irme muy lejos de los símiles taurinos, acudo a una de las citas más celebradas de un genio de los ruedos, quien, además de torear como José Tomás, hablaba como un séneca. En cierta ocasión, Juan Belmonte asistió como invitado en el palco a una corrida en la Maestranza. El presidente del festejo, gobernador civil también de la provincia, lo recibió con respeto reverencial, refiriéndose siempre a su invitado como “Don Juan” y dispensándole todas las atenciones posibles. Al final, un amigo, sorprendido por el trato tan especial recibido por Belmonte, le preguntó a éste qué grado de amistad le unía con su anfitrión. “El Pasmo de Triana”, nombre de guerra del histórico artista taurino, le respondió: “Ese señor fue un antiguo picador mío”. Y entonces llegó la siguiente pregunta: “Maestro, ¿cómo es posible que este hombre haya podido llegar de picador a presidente de plaza y a gobernador?” Juan Belmonte, muy natural, como era él, respondió de inmediato sin pensarlo mucho: “Pues, ya ves, degenerando”.
Efectivamente, no hay palabra más idónea para definir el cambio a peor que padecemos. O quizá Kafka podría iluminarnos con otra explicación más asquerosa. La Metamorfosis.

(Artículo publicado en La Opinión de Málaga, domingo, 2 agosto 2009)

2 comentarios to “El día en el que el Pipi le zurró al Jimmy”

  1. josé lópez fuentes dice:

    Lo has “clavao” Rafael, como siempre.
    La cutrez se nos ha instalado permanentemente, sostenida por los ingresos por publicidad de una forma directamente proporcional. Es decir, a mayor cutrez mayor audiencia y por supuesto más ingresos por publicidad.
    De otra forma no se entiende que ciertas cosas sean las más vistas en televisión.
    Todo esto deberia ser objeto de un estudio sociologico en profundidad, pero un estudio riguroso riguroso, por lo menos para conocer las causas que motivan todo esto.
    Seria interesante conocerlas, creo yo, vamos.
    Saludos

  2. [...] vía vuelva usted mañana [...]

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