Cuando, tiempo ha, llegué a Málaga, aún perduraba la maledicencia popular y zahiriente sobre la ciudad bravía, la de las mil tabernas y una sola librería, estigma social surgido del corolario más dañino, que, según supe más tarde, era aplicado no solo a la actual capital de la Costa del Sol sino a todas y cada una de las provincias andaluzas e incluso a algunas localidades de otras regiones. La reputación malagueña, en los círculos periodísticos nacionales, no era nada encomiable. En las redacciones de por ahí se veía a esta tierra como fuente permanente de sucesos, como ciudad inculta, como lugar de crímenes pasionales, navajeos y antros de vino dulce y cante amargo. Una gran noticia de la época, signo de prometedor cambio, fue la inauguración de una librería en el mismo local que había ocupado una taberna. De entonces acá no es que el tiempo o una brillante gestión hayan borrado toda huella de un considerable retraso secular en materia de cultura, pero algo se ha avanzado. Hoy no puede afirmarse que Málaga siga siendo carnaza periodística diaria en materia de violencia de género, que es como se llama ahora el crimen pasional; tampoco puede decirse que sólo disponga de una librería ni que para tomarse un vinito tenga uno que descender a la hediondez de un tabernucho tétrico y oscuro. Hoy existe el Museo Picasso –que a mi no me gusta nada-, el Teatro Cervantes –que a mi me maravilla- y un montón de sedes, proyectos, actividades artísticas, literarias, pictóricas, que conforman un ambiente “cultureta” de capital moderna normalita. Los lugares de ocio se han multiplicado. La ciudad, sitiada durante cuarenta años por el turismo, cuyos beneficios se negó tercamente a reconocer, se ha rendido por fin a las bondades del progreso que, entre otras bendiciones económicas, trae consigo la proliferación de nuevos hoteles, porque hay clientes, y el espectáculo, cada vez más frecuente, de ver entrar por Calle Larios a miles y miles de cruceristas gastando pasta por un tubo.
Sigue faltando el aliento de la calle para sumarlo al de las minorías creativas y emprendedoras, llegadas por lo general de fuera, pero ahí reside una de las grandes dificultades para hallar la verdadera personalidad de Málaga, su ADN. El día que el pueblo malagueño tenga una percepción homogénea de cómo quiere que sea definitivamente su ciudad se habrá resuelto el problema de confusa genética que padece como consecuencia, supongo, de la mixtificación de tantas civilizaciones asimiladas. O de tanto empresario llegado de otras provincias.
Como tierra de acogida, Málaga concentra en la esencia de su idiosincrasia cromosomas muy diversos, una especie de espesa amalgama que quizá devino en permanente abulia porque el acuerdo unánime para afrontar nuevos retos nunca llegó. Tal vez por eso, el malagueño no se manifiesta, en su personalidad, de forma muy acusada, sino que, más bien, se difumina como una conjugación imperfecta de amor exacerbado a la tierra y de vocación contemplativa ante el misterio de qué deparará el futuro.
Nadie critica lo suyo con más saña que el propio malagueño y, sin embargo, nadie ensalza más a su tierra ni rechaza con mayor agresividad los pretendidos embates de la tierra enemiga. La hermandad del santo reproche, que diría Sabina, tiene hueco en la sociedad malacitana y pienso que tamaño desgaste arrastra de tiempos seculares en que ni a Málaga ni a Andalucía le hacían puñetero caso desde el centralismo cacique. En el imaginario popular Sevilla es la única culpable de los males malagueños, y aún anda por ahí, alimentado por politiquillos y oportunistas, el odio creado arteramente por tantos “agravios” sufridos. Los sevillanos, con la auto estima por las nubes, van siempre a lo suyo, actitud que los sitúa al margen de celos y envidias, algo digno de imitar, no de censurar, aunque esto no guste a quienes avivan ese fuego estéril. Los años de democracia han potenciado a Málaga en la economía. Las mejores infraestructuras y las más modernas comunicaciones. Una capital importante, pero escasita en temas sociales, como la sanidad, y pendiente de la gran revolución cultural, o sea, de que a los malagueños les interese la cultura. Para lograr cualquier objetivo habría que descifrar el genoma malagueño y averiguar qué genes son comunes. Seria indispensable saber qué quiere la gente. Sin tal requisito no es posible evitar la vergonzante sensación de que, tras el glorioso e inesperado batacazo del proyecto 2016, el único orgullo herido sea el de un grupito de políticos, prestos a culpabilizarse unos a otros en la batalla electoral. Ni el pequeño club de grandes elitistas ni el pueblo llano parecen andar muy preocupados por este nuevo fracaso.
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(Artículo para “La Opinión de Málaga”, domingo 3 de octubre 2010)