El Bulli ha cerrado definitivamente sus puertas y yo me he quedado, también definitivamente, con las ganas de comer allí. A algunos lectores les parecerá excesivo si les digo que siento una gran frustración, pero es así. Le habrá pasado, supongo, a otra mucha gente que también ama los placeres de la alta gastronomía y que aspiraba a juntar un dinerín y hacer una excursión única en la vida hasta el paraíso hoy clausurado.
El Bulli pasará de restaurante a Fundación, y su oficiante mayor el alquimista Ferrán Adriá concebirá nuevas ideas, fomentará la creatividad ante los fogones y fabricará nuevos talentos, pero… dejará de cocinar esos pequeños grandes manjares de gloriosos sabores que le convirtieron, durante años, en el mejor chef del mundo.
Con Adriá como abanderado, y con un plantel de artistas de su nivel, España conquistó la cima mundial de la calidad y el servicio en la restauración, arrebatando el honor y las estrellas a los mismísimos franceses Y creo que ese mérito habrá que reconocérselo de por vida.
Hay deseos posibles y los hay imposibles. Si son compartidos, alcanzan la gloria. Para mi, este parecía hasta probable. Sólo había que inscribirse en una lista de espera y aguardar un año ó dos. Pero, lo que son las cosas, por una razón o por otra, nunca llegó a inscribirse mi nombre en la solicitada nómina de aspirantes a pagar un dineral por un menú de cuarenta ó cincuenta mini platos y cuatro ó cinco horas continuadas de pura sensualidad. Confieso que hubiera sido un motivo de felicidad suprema. ¿Qué pasó? Pues muy sencillo. Cuando pudo ser no fue. Y luego resultó imposible.
Hay otros templos maravillosos de la mejor cocina, diseminados por España y por el mundo, en los que se podrá comer igual o incluso mejor que se comía en El Bulli. Uno, en sus enriquecedoras andanzas profesionales por la vida, ha tenido la inmensa suerte y más de una oportunidad de probar excelencias culinarias en sitios de renombre mundial. Perdonada me sea la inmodestia. Pero lo de El Bulli era algo muy especial, muy deseado. Algo realmente importante.
Tengo algún libro de Ferrán Adriá con sus creaciones, que son pequeñas obras de arte pasadas por las brasas o por las ollas, así es que sólo he disfrutado visualmente de su talento. Poca cosa. Faltó lo mejor: el ritual completo de una experiencia casi religiosa. El gozo de un viaje prometedor hasta Rosas; la recreación compartida en el ambiente único, confortable y sencillo del fabuloso y famoso comedor. Y la rendición sin condiciones ante la exhibición del surtido de pequeñas raciones de arte comestible. Y todo el ceremonial de la comida potenciado con la aportación extra de los sentidos corporales, concentrados en sabores, aromas y texturas. Pero no se obró el anhelo. Y no puedo consolarme con que otra vez será. Hay un tipo, un fotógrafo italiano, Bob Noto, que presume de ser el que más veces ha comido en El Bulli. ¡¡Ochenta veces!!
De esta frustración podría extraer una enseñanza que no es necesario esgrimir. No obstante, hay que permanecer muy atentos porque, sin que te des cuenta, te pueden ir birlando, cerrando, definitivamente, otros límpidos y queridos objetos de tu deseo.
Adiós a El Bulli.
Desconocía este artículo. De todas formas, según la prensa de ayer, 31/07/11, Ferrá Adría subió a los cielos. Amén.