Vuelva usted Mañana

Diez minutos de gloria

Han perdido el prestigio obrero que tuvieron en su tiempo. Han abusado del dolce far niente, de las subvenciones, de los dineros gubernamentales para cursos de formación, de la tranquilidad de la época dorada del despilfarro. Olvidaron que había millones de parados, que la crisis no surgió ayer sino hace tres años, que la clase trabajadora se sintió desprotegida, que el ejército de autónomos se vio despreciado, que la clase empresarial caminó a sus anchas, y que ellos, en medio de un panorama tan cómodo, parecían un estamento privilegiado, siempre presentes en actos sociales, siempre alejados del huracán de desgracias económicas que se cernía sobre los más débiles, a los que se supone tendrían que defender a capa y espada.

Hicieron una estéril huelga general, fuera de tiempo, fuera de lugar, una huelga que se quedó en menos de media huelga, con el único propósito de no salirse del cuadro, cuando podían haber hecho fuerza mucho antes para evitar que se atacaran los derechos sociales tan duramente alcanzados. Han tenido los diez minutos de gloria que Andy Warhol preconizaba para todo quisque a lo largo de una vida, pero los focos ya se han apagado, los ecos han cesado y no parece que haya fruto alguno del intento de paralización general. Si acaso, han ayudado a desgastar más la situación, a empeorarla.

Nadie ha quedado satisfecho. Ni los trabajadores ni los empresarios. Ni la izquierda ni la derecha. ¿Para qué ha servido una huelga tan “prefabricada”, tan descafeinada, tan extraña?

Ahora que vivimos una época de revisión generalizada, de adaptación a nuevas tecnologías, de nuevos conceptos de producción, de nuevas concepciones en los compromisos entre colectivos sociales y fuerzas económicas, ¿no parece llegado el tiempo de que también ellos, los sindicatos –que tanto bueno hicieron antaño por los obreros- hagan examen de conciencia, se reciclen y se adapten a los nuevos tiempos? ¿O es que creen que son imprescindibles porque no llevan corbata? El presidente brasileño Lula, por poner un ejemplo de izquierda política, la suele llevar, y bien elegante por cierto, y ya quisieran ellos parecerse a Lula

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