Nunca están las cosas tan mal como que no puedan ponerse peor. Esa es una sentencia negativa pero graciosa que he empleado muchas veces, sin analizar su trascendencia, en situaciones poco trascendentes, pero que ahora me da grima verla convertida en una frase definitoria de cómo andamos.
Cuando la situación económica alcanza de lleno a las clases más desprotegidas y los comedores sociales se saturan, las cifras de gente sin trabajo se disparan y en los pasillos del Metro, donde hay Metro, surgen más cantantes y pedigüeños que antes, sería el momento de tomar conciencia colectivamente. Quiero decir, que todos a una deberíamos aportar esfuerzos e ideas. No unos poquitos, todos. Unos, silenciando sus ladridos lastimeros y agoreros que no disimulan su deseo de que las cosas vayan a peor porque así ellos irían a mejor, sin importarles nada que la preocupación se convierte en drama y el drama en tragedia porque empieza a haber familias sin ningún tipo de ingresos; otros, dejando de defenderse, de divagar y de improvisar y actuando abiertamente y uniendo voluntades y recursos en la dirección adecuada. Y todos, en fin, arrimando el hombro o la mente hasta convencernos de que, como dice y demuestra Obama, juntos podemos.
Pero no. Está demostrado que, en la clase de arriba, los que mandan y los que quieren mandar, hay gente estúpida que se ensimisma en la crisis y genera más crisis. Y también lo está que, en clases inferiores, hay otro tipo de gente, menos abundante pero más creativa, más imaginativa, que sabe que no hay otra manera de poner fin a la crisis que trabajar juntos con ingenio y sin descanso.
Les cuento dos historias breves. El día de Sant Jordi en Cataluña, San Jorge en Aragón (23 de abril) , y en los días previos a tan tradicional fiesta patronal, se han facturado miles de millones en la compra y venta de libros y de flores. Jamás el negocio de la cultura fue tan pródigo y beneficioso. Pero, además, la fiesta proporciona –cada año superando sus records- un motivo de solaz, de ocio, de felicidad popular, porque las calles, las Ramblas, se llenan de la fragancia de las rosas y del olor del libro impreso y de sus historias misteriosas. He vivido in situ la experiencia y doy fe de que es gratificante vivirla. La Cultura, con mayúsculas, ocupa la calle y entusiasma a la gente de a pie. La economía se activa. El pueblo tiene derecho a vivir unos dias sin el incordio de la crisis. Está claro que lo de Sant Jordi no es un invento de hoy, que viene de muy atrás. Pero la historia reciente demuestra que funciona mejor que nunca en tiempo de crisis.
Y algo similar, todavía sin tanta incidencia económica, ocurre con la magnífica idea del Festival de Cine de Málaga, que ha alcanzado la más alta temperatura de su corta historia y que también este año ha brillado más y ha repartido más equitativamente el dinero que genera. Aplaudo a quienes crean y desarrollan estas actividades que inducen la economía –empleo, creación de pequeñas empresas, movimiento comercial- y que ejercen al mismo tiempo un poderoso y positivo influjo en el estado de ánimo y en la auto estima general de los ciudadanos. Cuando una idea se convierte en una realidad y de esa realidad participa y se beneficia cada vez más gente, lo que hay que hacer es estimularla. Reconozcamos sin complejos lo que se hace bien.
Los catalanes viven felizmente la fiesta del libro y la rosa. Y la rentabilizan. Los malagueños, cada vez más, viven con mayor ilusión y felicidad la llegada del Cine a sus calles. Y también empiezan a rentabilizarla. Son simples ejemplos de que cuando no existen soluciones lógicas, deben aparecer nuevas ideas. O viejas ideas bien actualizadas.
Ya en el 68 los estudiantes proclamaban en París una necesidad social: “La imaginación al poder”, pensamiento tomado prestado –para eso eran universitarios- de un tipo inteligentillo llamado Albert y apellidado Einstein, quien afirmaba que “en los momentos de crisis sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”.
Algunos cenutrios no terminan de enterarse y se empeñan en llevarle la contraria.
(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga”, domingo, día 26 de abril 2009)