La noticia no es fresca de hoy, tiene más de mes y medio, pero la traigo ahora a colación con sosiego y espero que zin acritú, justo cuando las siglas de los partidos se agitan en el escenario político, protagonizándolo todo y no resolviendo casi nada. Al fin, alguien con peso político se atrevió a decir públicamente lo que otros piensan y callan: que las listas electorales no deberían ser cerradas sino abiertas, que los ciudadanos tienen derecho a decidir a sus representantes políticos directamente, uno a uno, y no, como se hace ahora, en listas cerradas y caprichosamente confeccionadas; que los partidos no pueden representar ni aglutinar, por sí solos, a todas las sensibilidades, todas las inquietudes, todas las aspiraciones de una sociedad cada vez más informada, estructurada y diversa; que las ideas son esenciales pero que son las personas quienes las generan y quienes deben hacerlas posibles.
El sistema con el que nos venimos manejando durante más de una treintena de años tiene un nombre poco eufónico: partitocracia. Sirvió para que España cogiera el paso europeo y fue, seguramente, el único posible cuando en la transición hubo que tejer una democracia de urgencia que suavizara la convivencia de las dos España con el menor odio posible, tras un excesivo trayecto histórico de silencios y mordazas. También fue útil para que nos entrenáramos en el sano ejercicio de respetar la voluntad mayoritaria, vicio hasta entonces fuera de la ley. Pero los mecanismos que no se engrasan regularmente suelen chirriar. Y entonces pasa lo que pasa. Que el transcurrir del tiempo los acaba oxidando.
El sistema de partidos, y sólo de partidos, pudo ser el más adecuado para la salida de un oscuro túnel, lo sabemos muy bien, pero hoy se muestra insuficiente para que la democracia logre mayor interés entre los ciudadanos. No sabemos porqué (o sí lo sabemos) los partidos se muestran reacios a ampliar la participación plena en la política. Son imprescindibles, por supuesto, pero deberían abrirse a la sociedad y hacer hueco en la política a los ciudadanos, a los colectivos, a los organismos, a las asociaciones. Y, sobre todo, deberían abrir las listas electorales. No hay porqué transigir con nombres que nos produzcan rechazo.
El “valiente” que ha osado opinar sobre este tabú de los partidos es el socialista José Bono, actual presidente del Congreso, anterior ministro de Defensa y ex presidente de Castilla la Mancha, adversario de Zapatero en aquel Congreso en el que se eligió al nuevo líder del Psoe. Bono, que siempre expresa sus ideas con contundencia, no duda en propugnar un cambio de la Ley Electoral. Su propuesta es reducir el poder de los partidos a la hora de decidir los candidatos. Y que estos, los diputados por ejemplo, se elijan al estilo británico, por distritos, estableciéndose así una relación directa con el votante. “Se trata –dice- de acercar a electores y elegidos”.
Tengo una idea aproximada de cómo es José Bono. He tenido oportunidad de conocerle de cerca y me parece un tipo inteligente y coherente en sus aparentes contradicciones ideológicas. Desde sus convicciones católicas, o, como él dice, cristianas, se enfrenta a la intolerancia de los obispos, no duda en defender a la Iglesia, y de pronto combate ardorosamente a la derecha cavernaria, sin apercibirse, quizá, de que, en ocasiones, parece atacar y defender la misma cosa. Cree en lo que dice pero es difícil de creer. Sin embargo, tiene algo que otros no tienen: la valentía de llamar a las cosas por su nombre, saltándose la aborregada obediencia debida. Por eso me permito aplaudir su crítica a las cúpulas de los partidos, pertinaces en su empeño de seguir ejerciendo in aeternum un poder excesivo en temas tan sensibles y cuestionables como el electoral y el participativo.
Comprendo bien la razón y el resentimiento de quienes exhiben públicamente quejas, reproches y lamentos porque fueron repudiados por desobedientes. Me solidarizo, por corporativismo biológico que no de gremio, con quienes, siendo brillantes, son desplazados por no ser imberbes. Con listas abiertas, las oportunidades serían para todos, no sólo para muñidores o diletantes. Habría más probabilidades de que se eligieran a los mejores, pero sobre todo habría más posibilidades de que los mejores se decidieran a ser elegidos.